viernes, 2 de junio de 2017

... víspera de resplandores

días de borrasca
... víspera de resplandores
Héroes del Silencio

Pero no es borrasca lo que estos días moldea los cielos madriles, no, no es borrasca. Sólo es amenaza de tormenta primaveral que no se materializa. Como esas amenazas de tomar medidas que lanzan los jefes de medio pelo de la empresa, para calentar al personal hasta llevar a ebullición su ansiedad de fin de mes y soga al cuello.

Y es que ha llegado la primavera, con su uniforme de presidiario a la hora del vis a vis, engañando los termómetros con una sonrisa de reencuentro, mientras atesora en su estómago los nudos de una tormenta escondida tras los barrotes del presidio. O sea, que sólo es amago de tormenta, lo que ahoga el tráfico madrileño, ya ahogado de por sí en sus propios esputos de tubo de escape oxidado. Y a mí, la tormenta (o su presagio) me levanta dolor de cabeza. Tanto me duele que creo encontrar en la base de mi cráneo un agujero por el que se escapan, como avariciosos reptiles de sombra, mis ideas más fecundas... esas de las que nada nace. Me toco la nuca y descubro un orificio húmedo. Introduzco el dedo anular, como lo hacía en ti, y encuentro humedades que semejan las tuyas. La tormenta ha abierto heridas en mi calavera, tan digna ella, con su sonrisa de anuncio dentrífico. Heridas que no sangran, pero vierten humedades que me recuerdan a ti, qué le vamos a hacer.

Jane Birkin y Serge Gainsbourg vestidos de tormenta, cortesía de "la red"
Me acerco a la nevera y contemplo su estómago huérfano de alimentos. Abro el armario donde suelo guardar las latas de atún, maíz y otras vísceras de pachamama. Nada. Todo está vacío, hoy, en la cocina, en la casa, en el hogar. Encuentro un pedazo de chorizo leonés. Saco un cuchillo del cajón, el que mejor sabe disponer los embutidos como si fuesen ostias sagradas. Pero, antes de cortar el chorizo, dirijo el estilete a la base de mi sesera, y lo introduzco despacio. Sale húmedo de grumos que podrían ser las reliquias de tu amor. Pero los contemplo y comprendo que son sólo masa encefálica en desbandada, ideas perdidas, dolores inexpresables. Me duele la cabeza, mucho. Será la tormenta. El frigorífico, tan solidario él, comienza a exclamar sonidos de vibraciones que uno, tan de letras, no entiende. Será el momento de refrigerar, o cosas así. El caso es que la nevera suena, vibra, tararea melodías de tormenta... como mi cabeza.

Decido olvidarme de la cena. Pongo música. El nuevo de los Afghan Whigs. Dulli aúlla. Decido cambiar de acorde. Gainsbourg replica la borrasca en que se pierden las piernas de Jane Birkin con resplandores de bofetada. Me incomoda. Cambio. Nacho Vegas cree que va a empezar a llover. Yo lo dudo. Y me duele. Me duele la base del cráneo. Mucho. Introduzco de nuevo el cuchillo en el orificio por el que se escapan estos presagios de tormenta que no llega, y sale enjuagado de ti. He mojado el cuchillo en la marisma agreste de tus tormentas interiores. Lo acerco a los labios y comienzo a lamerlo hasta que mi lengua se ve desorientada por un crucigrama de cisuras que no tiene solución. Imagino que sabe a ti, pero sólo porta el sabor amargo de mi sangre y mi masa encefálica, enredadas en equívoca coyunda... que nada tiene que ver el latido con el pensamiento, ya me lo advirtieron algunos amigos...

Me asomo a la ventana, con el cuchillo aún entre los labios. El cielo está preñado de un parto monstruoso que nunca llegará. No llueve. No llegará a llover. Y mientras no ocurra, mientras no llueva sobre mí tu aguacero de orgasmo fresco y susurro a medio hornear, me seguirá doliendo la cabeza...

No sé por qué escribo todo esto... maldita tormenta, que no es borrasca y que no es, por tanto, víspera de más resplandor que el de mi sangre adulterada con borbotones del cerebro que ya comienza a faltarme.