lunes, 26 de junio de 2017

Al- Maqhaa y las voces del ahora


a Juan Goytisolo, que habita el presente



La primera vez que entré al parisino café Le Procope, el camarero, solícito, me mostró la mesa en que escribía Voltaire. Acto seguido se aventuró a asegurarme que estábamos en el café más antiguo del mundo. Supe, tiempo después, que la realidad distaba mucho de tal aseveración. Pero las consignas turísticas son difíciles de eludir hoy en día, y en numerosas ocasiones, a fuerza de repetirse, logran trocar de leyenda en historia. Sí fue, Le Procope, el establecimiento que popularizó el consumo de café en el país galo. Pero el primer local dedicado a dicho consumo abrió sus puertas en la antigua Constantinopla, allá por 1475, y se llamó Kiva Han. Fraudulentos trucos del comercio turístico, ya digo, pero también del egocentrismo occidental.

Desde que un pastor de cabras etíope, allá por el siglo IX, observase el efecto vigorizante que surtió en su rebaño la ingesta de unas brillantes bayas carmesíes, el café se ha convertido en imprescindible para la vida diaria de un elevado porcentaje de la población mundial. Así quedo instaurado en el mundo musulmán el consumo de café. Así se abrieron, ya en el siglo XV, los primeros locales dedicados a ello. Así se extendieron por las tierras de Allah, y se popularizaron como imprescindible lugar de reunión de filósofos, intelectuales, pensadores, políticos, conspiradores y diletantes.

Después, mediado el siglo XVII, el café llegaría a Europa. Las grandes capitales se verían subyugadas ante los estimulantes efectos de aquella bebida, y en los locales inaugurados para su consumo se forjaron las revoluciones, corrientes filosóficas y movimientos artísticos que conformarían la sociedad actual. En el orbe musulmán, los cafés siguieron proliferando, hasta convertirse en lugar casi exclusivo de reunión pública, y al albur de su penetrante aroma la sociedad islámica puso voz al pensamiento de la calle. Nuestros europeos Le Procope, de Flore, Central, Gijón y Pombo, pueden considerarse reflejo de los musulmanes Hafa, M’Rabet, Fishawi, Gemmaizeh y Pierre Loti.

Al-Maqhaa, de café en café por el Mediterráneo musulmán
Ayer presenté en Madrid mi libro Al- Maqhaa, un largo reportaje que pretende restituir, al menos en parte, la existencia del café y sus lugares de consumo como otro de los legados musulmanes que Occidente ha intentado soslayar. Así somos, los avanzados adalides del progreso. Así nos encerramos, creyendo universalizarnos, al intentar imponer la creencia de que todo lo que sirve o es útil sólo nosotros lo hemos inventado. Así somos de provincianos, al fin, cada vez que hablamos de Historia limitando esta a las estrechas fronteras europeas y estadounidenses. Es que La India no existió más allá de su época de esclavismo británico y las actuales corrientes orientadas a banalizar siglos de sabiduría ascética. Es que Centro y Suramérica sólo comenzaron cuando nuestros ancestros decidieron aniquilar toda huella de cultura y progreso bajo el yugo retrógrado y fiero de la cruz y el arcabuz. Es que África y Oriente Medio no son más que amplios territorios baldíos poblados por ejércitos de vagos, hambrientos y terroristas islámicos que nos impiden regalarles progresía y riqueza.

Produce hastío pensar en esta actitud imperialista que cada día acrecienta su maquinaria publicitaria para acrecentarnos el más puro atraso moral e intelectual. Dan ganas de marcharse lejos. Se ha intentado, en alguna ocasión. Se seguirá intentando, intuyo. Hay quien lo hizo, y logró convertir su exilio voluntario en ejemplo de vida, memoria, cultura y verdadera Historia.

En Al-Maqhaa no ha tenido cabida un café que, desde hace unos días, ha hecho trinchera en mi memoria, como para combatir el paso del tiempo y su fiel escudero: el olvido. Hablo del café de France, sito en la célebre plaza de Xmáa-El-Fna, en Marrakech. Y bien lo hubiese merecido pero, en ocasiones, las restricciones espaciales obran caprichosas injusticias.

El caso es que el recuerdo ejerce su tiranía voraz para conducirme de nuevo a Marrakech, a una jornada transcurrida ya hace años, tantos que comienzo a dudar si no me habrá impuesto, también, su dictadura de mentiras.

La tarde es un espanto de temperatura extrema y mercadeos mínimos que comienzan a transitar la frontera de sus contrarios. La medina de Marrakech, a medida que los termómetros se desvisten de cifras, comienzan a ataviarse con pieles y telas que devuelven frondosidad a sus tenderetes. Según va cayendo la tarde y el aplastante calor comienza a evadir las calles, estas se pueblan de mercaderes y paseantes que proporcionan al itinerario un bochorno más amable, el de la vida en desarrollo.

Callejeo el alboroto decidido a llegar hasta la plaza de Xemáa-El-Fna, para tomar asiento en el café de France, donde me ha citado Juan Goytisolo. Aún quedan unas horas para que llegue la del encuentro, pero no quiero perderme el espectáculo del cambio de guardia que, al atardecer, se produce en la plaza. Los vendedores de zumos y jugos desmantelan sus puestos callejeros para dejar paso a los cocineros y camareros que, desde ahora hasta bien entrada la noche, repartirán viandas, aroma y sonrisa entre su nutrida clientela. Los pedigüeños y menesterosos escabullen sus monótonos ropajes anónimos para que, en su lugar, vistan la noche los atuendos maravillados en color de cuentacuentos, danzarines y encantadores de serpientes. Un cambio de guardia menos castrense que esos a los que acuden miles de turistas en los dominios de Occidente. Pero igual de metódico y, qué duda cabe, más alegre.

Ya en la terraza del café de France, el camarero certifica la pericia de los de su gremio aquí, en Marruecos, tras intuir mi nacionalidad y hacerme tomar asiento, de inmediato en la “mesa de Juan”. Así lo proclama: esta es la mesa de Juan, siéntese aquí. Enciendo un cigarro a la espera del café negro que me ha asegurado llegará en un instante, y pierdo la mirada en las geometrías inexistentes del crepitar ciudadano.

Vaga mi mente entre la algarabía de voces que pueblan el café y la plaza. Pierdo la noción del tiempo, no sé cuánto ha pasado cuando veo a Goytisolo acercarse, con el pausado caminar de la edad y la paciencia. Danza un mínimo temblor de cejas en su rostro, a modo de saludo y, antes de acercarse a mi mesa, su mesa, saluda a los parroquianos que ocupan la aledaña. Hablan y ríen, le invitan a tomar asiento. Pero él me señala con el hombro y todos exclaman “bienvenido” en un perfecto y sonoro español. Yo contesto “shukran yazilan” en un prudente y defectuoso árabe. Las horas siguientes serán de compartir charla pausada pero voraz, y la mirada del poeta no perderá ni por un instante el brillo de la lucidez más acerada.

Juan Goytisolo, cortesía de "la red"
Goytisolo tuvo sus primeros contactos con el Magreb en los banliueus de París, donde se codeó con las razas del extrarradio y quedó fascinado por su vitalidad insultante. Queriendo sumergirse aún más en los diccionarios vitales de aquellos migrantes forzosos, recaló en Tánger, guiado por las recomendaciones de su amado Jean Genet. Nunca supe por qué no permaneció en aquella ciudad, por qué siguió periplo hasta Marrakech. Él me explica que se vino hasta aquí, allá por 1985, porque quería aprender dariya, el dialecto marroquí. En Tánger, debido a su origen hispano, todos los habitantes acababan dialogando con él en su lengua materna. La lengua que amaba pero que se le antojaba estrecha para llevar adelante su impresionante proyecto literario. Estrecha como la mentalidad de aquellos conciudadanos que habitaban una España sumida aún en la recolecta miserable de 40 años de dictadura y que él insiste en asegurarme que está ya regresando con renovados bríos, a imponer encefalograma genérico y plano a los habitantes de nuestro país de origen. ¿Está regresando? No exactamente. Nunca se fue. Por eso él decidió irse lejos, cuanto más lejos mejor. De lo único que no reniega es de nuestra común lengua materna, forjada en promiscuidad de dialectos, voces y decires que hoy intentan condenar al olvido los adalides de la uniformidad y el miedo.

Después me explica que fue en las calles de Marrakech, y especialmente en su popular Plaza, sentado en este mismo café, donde comenzó a prestar prestos oído a las voces de la gente, escuchándolas, replicándolas con timidez inicial, grabándolas en vetustos cassettes para reproducirlas una y otra vez en la soledad de su hogar, con el ánimo de llegar a pronunciar algún día un idioma que como tal defiende y que ya domina a la perfección. Un idioma que es distinto del árabe con que también se pretende uniformizar al país vecino y que, defiende Goytisolo, será algún día reconocido como identificativo de todas las naciones que integran el Magreb, junto al tamazight y el sousía. Así que el disidente por excelencia muestra una y otra vez, en su tierra de origen o en la de adopción, su amor por la esencia y orígenes de la comunicación. Confirma, así, que su disidencia es de cualquier norma que intente fijar un pasado que no fue como nos cuentan. Él comprende que el presente sólo existe como amalgama de voces pretéritas.

Ya decía, al inicio, de las ansias imperialistas que anidan en este pensamiento único que pretenden imponer los más rancios de nuestros conciudadanos, esos que llamamos los vencedores, esos que se supone escriben la Historia. Pero lo hacen fijando dicha Historia en el momento que ellos deciden, olvidando pasados en que la uniformidad era tan sólo un mal sueño, negando un futuro que se debería erigir sobre lo heterogéneo.

Juan Goytisolo comprendió todo esto mucho antes, cuando la sociedad española imponía sus legislaciones de terror y silencio, finalizada aquella traición a los verdaderos signos de identidad que nos habían conformado y que dio en llamarse Guerra Civil. Una contienda que había barrido todo signo de inquietud cultural, entre otras muchas cosas, y que aún, a la vista está, no ha logrado esconderse tras los visillos de la Historia, por mucho que tantos la disimulen bajo la alfombra cuando llegan las visitas. El caso es que él se declaró disidente casi a la par que lo hacía escritor, poeta. Disidente de la España oficial y sus literaturas ídem, disidente de todo lo que hoy pretende amarrarnos a un presente huérfano de referentes.

Y hoy, aquí, en Marrakech, contemplo maravillado cómo de su garganta brotan por igual los gritos de los aguadores, las intrincadas narraciones de los cuentacuentos, el silabeo aflautado que despierta a las serpientes, la inacabable oferta vociferada por mercaderes y pillos, los ingeniosos chascarrillos de los ciudadanos... y comprendo que la Historia no la escriben los vencedores, que el futuro de la lengua no se dicta en libros ni academias, sino que se habla en las plazas públicas… y en los cafés, especialmente en los del mundo musulmán en que aún regalan el tiempo, los contertulios, al hablar pausado y meditabundo. En Occidente, los cafés van desapareciendo como lugar de encuentro e intercambio de opiniones, y sólo nos acercamos a los que van quedando con la prisa por marchar al siguiente bar mordiéndonos los talones.

Algún día comprenderán los ciudadanos (ni pizca de fe en las autoridades) dónde habita la esencial semilla del habla y la literatura (tan despreciada hoy, tan de saldo), que vienen al fin a ser lo mismo: vida en desarrollo. Y Juan Goytisolo, aunque ya no esté, seguirá aquí, a la sombra de una temperatura mortal, en Marrakech, en la Plaza de Xemáa-El-Fna, en el café de France, moldeando la gloriosa gangrena de la palabra, coloreando las esquinas verbales que los tiempos anhelan dejar fuera de foco.

Hoy comprendo que las páginas de Al-Maqhaa han quedado por siempre huérfanas de ese café en que Juan Goytisolo erigió la mayor de sus disidencias, la que le alejó de un presente cobarde y vacío, ausente de vida. Porque la vida es amalgama de voces que no deberíamos dar por extinguidas y que son, a pesar de todo, las voces del ahora.

viernes, 2 de junio de 2017

... víspera de resplandores

días de borrasca
... víspera de resplandores
Héroes del Silencio

Pero no es borrasca lo que estos días moldea los cielos madriles, no, no es borrasca. Sólo es amenaza de tormenta primaveral que no se materializa. Como esas amenazas de tomar medidas que lanzan los jefes de medio pelo de la empresa, para calentar al personal hasta llevar a ebullición su ansiedad de fin de mes y soga al cuello.

Y es que ha llegado la primavera, con su uniforme de presidiario a la hora del vis a vis, engañando los termómetros con una sonrisa de reencuentro, mientras atesora en su estómago los nudos de una tormenta escondida tras los barrotes del presidio. O sea, que sólo es amago de tormenta, lo que ahoga el tráfico madrileño, ya ahogado de por sí en sus propios esputos de tubo de escape oxidado. Y a mí, la tormenta (o su presagio) me levanta dolor de cabeza. Tanto me duele que creo encontrar en la base de mi cráneo un agujero por el que se escapan, como avariciosos reptiles de sombra, mis ideas más fecundas... esas de las que nada nace. Me toco la nuca y descubro un orificio húmedo. Introduzco el dedo anular, como lo hacía en ti, y encuentro humedades que semejan las tuyas. La tormenta ha abierto heridas en mi calavera, tan digna ella, con su sonrisa de anuncio dentrífico. Heridas que no sangran, pero vierten humedades que me recuerdan a ti, qué le vamos a hacer.

Jane Birkin y Serge Gainsbourg vestidos de tormenta, cortesía de "la red"
Me acerco a la nevera y contemplo su estómago huérfano de alimentos. Abro el armario donde suelo guardar las latas de atún, maíz y otras vísceras de pachamama. Nada. Todo está vacío, hoy, en la cocina, en la casa, en el hogar. Encuentro un pedazo de chorizo leonés. Saco un cuchillo del cajón, el que mejor sabe disponer los embutidos como si fuesen ostias sagradas. Pero, antes de cortar el chorizo, dirijo el estilete a la base de mi sesera, y lo introduzco despacio. Sale húmedo de grumos que podrían ser las reliquias de tu amor. Pero los contemplo y comprendo que son sólo masa encefálica en desbandada, ideas perdidas, dolores inexpresables. Me duele la cabeza, mucho. Será la tormenta. El frigorífico, tan solidario él, comienza a exclamar sonidos de vibraciones que uno, tan de letras, no entiende. Será el momento de refrigerar, o cosas así. El caso es que la nevera suena, vibra, tararea melodías de tormenta... como mi cabeza.

Decido olvidarme de la cena. Pongo música. El nuevo de los Afghan Whigs. Dulli aúlla. Decido cambiar de acorde. Gainsbourg replica la borrasca en que se pierden las piernas de Jane Birkin con resplandores de bofetada. Me incomoda. Cambio. Nacho Vegas cree que va a empezar a llover. Yo lo dudo. Y me duele. Me duele la base del cráneo. Mucho. Introduzco de nuevo el cuchillo en el orificio por el que se escapan estos presagios de tormenta que no llega, y sale enjuagado de ti. He mojado el cuchillo en la marisma agreste de tus tormentas interiores. Lo acerco a los labios y comienzo a lamerlo hasta que mi lengua se ve desorientada por un crucigrama de cisuras que no tiene solución. Imagino que sabe a ti, pero sólo porta el sabor amargo de mi sangre y mi masa encefálica, enredadas en equívoca coyunda... que nada tiene que ver el latido con el pensamiento, ya me lo advirtieron algunos amigos...

Me asomo a la ventana, con el cuchillo aún entre los labios. El cielo está preñado de un parto monstruoso que nunca llegará. No llueve. No llegará a llover. Y mientras no ocurra, mientras no llueva sobre mí tu aguacero de orgasmo fresco y susurro a medio hornear, me seguirá doliendo la cabeza...

No sé por qué escribo todo esto... maldita tormenta, que no es borrasca y que no es, por tanto, víspera de más resplandor que el de mi sangre adulterada con borbotones del cerebro que ya comienza a faltarme. 

jueves, 6 de abril de 2017

por la calle del medio

Los españoles somos muy dados al uso de frases que remiten a pasados de pasmo e inactividad. Como la siesta, o sea, muy española y añeja también, a la par que deliciosa y salubre para el organismo, según los últimos estudios. Pasados de refranes que pretendían convertir en máxima aquello que no pasaba de tópico. Pero somos muy de que "me lo den todo hecho". De ahí que prefiramos los refranes populares a los aforismos de Montaigne, por ejemplo. Que, además, a los franceses, aún nos enorgullecemos de haberlos expulsado de la península, qué se le va a hacer... el nacionalismo, esa otra lección aprendida junto a la lista de los reyes godos, con idéntica carencia de raciocinio, con semejante exceso de querer memorizar para pasar de curso. Así somos, y a pesar de pretender estar a la última en teléfonos inteligentes y mercantiles carencias de inteligencia, seguimos aplaudiendo los refranes, los dichos, esos murmullos arcaicos. Por eso el refranero español, que no debiera pasar de mera anécdota o estudio sociológico, se convierte para demasiados en guía de vida, camino señalado, orden a seguir, impronta con que marcar el cuero de toro del que tanto alardeamos.

Y es que cuando dudamos, cuando no sabemos qué hacer, cuando pensamos que sólo hay dos opciones donde realmente habitan infinitas posibilidades, en vez de elegir entre una y otra decidimos tirar por la calle del medio. Lo menos arriesgado, lo que más creemos que asegura eso que llamamos vida y que, si de algo carece, es de seguridad alguna. Ignoro si eso de "tirar por la calle del medio" es refrán, pero sí es, al menos, dicho popular repetido hasta el hartazgo.

Hace ya días como presidios (sigo escribiendo con retraso, lo sé) que tuve la fortuna de acudir a una pequeña sala madrileña para ver a Diego Vasallo presentando su nueva genialidad musicada. El local ofrecía todo lo preciso para un recital del bardo donostiarra: luz tenue, acústica perfecta, mesas y sillas bajas, escenario recogido a la altura precisa, silencio... ¿silencio? De eso hablamos luego, mejor. 

Diego Vasallo, cortesía de "la red"
El caso es que Vasallo se presentó con su desnudez de crooner trajeado, acompañado por un grupo de magistrales músicos cuya presencia en escena delineaba milimétricamente el concepto de elegancia. Una a una, fue desgranando sus canciones de cuna para adultos con la dolorida serenidad de una voz que nació para romper los días y desterrar la costumbre... haciendo poesía de ella, pero sin convertirla en refrán. Y es que, no sé si se han percatado pero, últimamente, pulula demasiado sentencioso que se gusta en llamar poeta... y no pocos le aplauden. Todo lo contrario de el poeta que nos ocupa, que destroza la noche con pinceladas de alcohol agrio y martirio seductor sin pretenderse Bukowski. Su música es pura geometría de la piel, su voz aritmética de la herida, su poesía álgebra de la memoria. Lo llevo diciendo desde hace años, mayormente por lo necesario que es, cuando explicas a alguien que algo te gusta, proporcionarle referencias: Vasallo se me antoja un Joe Henry que camina hacia Tom Waits y ha quedado, afortunadamente, perdido en el camino. Y es ahí, en un camino de otoños escupidos y verdades a medias, en un sendero de puñales tiernos y caricias feroces, donde ha decidido él hacer patria. No es que haya tirado por la calle del medio, como tantos otros harían y han hecho. Él ha decidido quedar a medio camino porque comprendió que el suyo era la encrucijada. Y no me cabe la menor duda de que, de haber nacido en las states, Diego Vasallo sería, hoy, ídolo de multitudes. Afortunadamente para mí y el resto de personas que escancian cada noche su música de terciopelo agrio en paseo por la cuerda floja de la vida, el poeta, el músico, en este país, pasa casi desapercibido. Desafortunadamente para él, podríamos añadir. Pero lo dudo. Porque, ya lo he dicho, creo que encontró su camino... y lo disfruta.

Pero hablaba, antes, del silencio en la sala. Aquellos que acostumbraban acudir a recitales para deleitar oídos y dermis, me temo, cada vez son menos, en este país. Últimamente, los conciertos se han convertido en una especie de reunión de amigos que acuden a contarse las trifulcas sexuales del fin de semana con música de fondo. En directo, sí, pero, insisto: música de fondo. Y el concierto de Vasallo no podía ser menos. Detrás de mí, obscenamente apoltronados en sus sillas, una pareja se retorcía de risa e impudicia mostrando su amor infinito al resto de la sala, mientras el bardo aseguraba que todas sus canciones están hechas de miedo a perderte. La parejita de marras, obvio, no sentía ningún miedo. Tal vez nunca hayan sentido el amor que públicamente se profesan, como hoy se profesa de manera pública cualquier cosa que nos muestre ante el resto como alguien diferente. Imagino que no sabían a quién iban a escuchar y ver. Tendrían dinero y tiempo, pasaron por la puerta del local y dijeron "¡un concierto!, ¡qué guapo!, ¿entramos?"... o algo así. Después, sin saber si quedarse o marcharse, decidieron tirar por la calle del medio, la más fácil: joder al respetable sin dejar de mostrar su presencia cool en el mismo.

Al concierto fui con un amigo al que, por cierto, de haber seguido la calle del medio, no hubiese tenido nunca la fortuna de recuperar. Finalizado el recital, paseando los charcos de una primavera dubitativa, abrigados ambos con nuestro propio silencio, él decidió romper el circundante con una palabra: exquisito. Pues eso, que me podría haber ahorrado la cansina retahíla de antes. Exquisito. Lamentó, eso sí -ahí coincidimos-, la lamentable presencia de la pareja de enamorados. Pero eso -coincidimos de nuevo- está a la orden del día. Y es que en este país, ante la falta de cultura musical (entre otras) seguimos tirando por la calle del medio. Y si nos dicen que la música está muerta, que ya nadie compra discos, que lo que se lleva son los conciertos, acudimos a ellos en masa. Por no pensar, por no intentar averiguar, de todos los caminos, cuál es el correcto, tiraremos por la calle del medio. Aunque ya no sean los refraneros, sino los mercados, quienes nos dicten dichos senderos. 

No nos gustan la música ni la poesía, pero aunque nuestros oídos y nuestra piel no están educados en la magia, acudimos a los conciertos porque nos lo podemos permitir y creemos distinguirnos, así, del resto, siguiendo el rebaño que pastorean los que dictan las "tendencias". Si no comprendemos que la vida no es sólo nuestra, ni la tierra nuestro patio de recreo, acudimos a manifestaciones de cañas y tapas y nos quejamos en las redes sociales después de votar a los de siempre o no votar. Si no asimilamos que en nuestras costas sigan vomitando algas los esclavos, proclamamos solidaridad mundial y acudimos en masa a comprar en la nueva sucursal de Amancio Ortega S.A. por eso de elegir entre la economía propia o la del niño explotado... tirar por la calle del medio, así lo llaman.
Afortunadamente quedan músicos como Diego Vasallo, que nos enseñan que, mejor que tirar por la calle del medio, es quedarse en medio para encontrarse a uno mismo. Aunque, de la otra forma, en Estados Unidos podría vender más discos.

miércoles, 8 de marzo de 2017

el mito de la caverna (reloaded)

a Scarlet Coca, mujer libre que camina hacia la luz

Un tal Platón, al que pocos coetáneos recuerdan y -me temo- casi ningún perteneciente a las generaciones venideras sabrá identificar, incluyó en su República, allá por el trescientos y pico antes de Cristo, una alegoría que aún da que pensar. Me refiero al famoso "mito de la caverna" en que, el filósofo, habla de varios hombres que permanecen encadenados, desde su nacimiento, en el fondo de una caverna a cuya entrada arde una hoguera. Los encadenados sólo pueden contemplar las sombras que se proyectan contra las paredes del fondo de la cueva, provocadas por otros hombres que, portando en sus manos utensilios diversos, caminan entre los encadenados y la hoguera. Lo que perciben estos cautivos, según Platón, sería el mundo sensible. Pero... ¿qué pasaría si uno de ellos pudiese girar la cabeza, mirar hacia la entrada de la cueva, y ver la realidad? Eso sería, según Platón, alcanzar el mundo inteligible, aquel que se conoce usando la razón, no únicamente los sentidos. Platón, ese antiguo, ya digo, a mí me tiene pensativo, desde que leí su República.

Iba hoy a escribir algo referente al Día Internacional de la Mujer. Ya saben, esa cosa (entre otras muchas) que logra que Facebook sea, a día de hoy, la gran democracia libre y progresista que soñase cualquier utópico humanista. Y es que, si hiciésemos caso de Facebook, está claro que somos una sociedad realmente avanzada, y no esta fotocopia neandertal de una caverna hacia cuyo interior camina un aguerrido guerrero, sujetando con su zarpa prehistórica el cabello de aquella a la que ha decidido convertir en su mujer... su propiedad. Ella, arrastrada hacia el interior de la caverna, retiene en sus pupilas, por última vez, la luz de la hoguera, la realidad, el mundo inteligible. Él, en su caminar hacia el interior de la caverna, fija su mirada en las sombras que proyecta la mujer, en su intento desesperado por escapar a su agresor. Dichas sombras se le antojan contorsiones de placer. El mundo sensible... y falible, ya ven.

El caso es que, comenzado el texto, me ha invadido el tedio. A qué gastar mi tiempo en intentar explicar algo que ya se encargan de hacer, más y mejor, en redes sociales, televisiones, columnas periodísticas, grandes almacenes, partidos políticos y demás agencias de marketing. Así que me he dedicado a revisitar viejas fotografías. Entre ellas han aparecido un buen puñado de las que tuve la suerte de tomar a Scarlet, una joven boliviana de mis tiempos del circo. Cuando la conocí, ella apenas tenía 16 años. Se ganaba la vida haciendo malabares en las calles y trabajando en mercados y plazas, cargando alimentos, vendiéndolos, para sacar adelante a una cuantiosa familia. También estudiaba mucho, durante su poco tiempo libre, y enseñaba a otros niños. Escuchaba, atenta, cualquier opinión. Y pensaba, se hacía preguntas. Se mostraba recelosa del mundo sensible que habían construido para ella. Caminaba hacia la luz y, de hecho, ansiosa de luz, tragaba antorchas incendiadas y hacía malabares con las mismas, ya lo he dicho. Jugaba con fuego, o sea. Porque buscar la luz para poder escabullir lo que nos pretenden imponer, para comprender mejor la realidad, a día de hoy, es jugar con fuego. Incendiar la vida, quemar puentes, prender fuego a la comodidad y hacer hoguera de lo establecido. Eso hacía Scarlet, casi sin saberlo. Cualquiera que pudiese asomarse a sus pupilas de navío feroz podía comprenderlo.

Como me invade la melancolía decido volver al texto que tenía pensado. Pero me pierdo en Facebook, y gracias a la progresía que abarrota sus muros, descubro que el nuevo Ministro de Cultura ha decidido -después de bailar a Leonard Cohen- bajar el IVA a la fiesta nacional: los toros, o sea, algo a defender, algo muy patrio, muy nuestro, enseña y orgullo de esta nación una grande y libre. Y al hilo de esta nueva muestra de sabiduría gubernamental, creo poder enriquecer mi texto. Porque a dicha fiesta sólo suelen acudir toreros (al toro no le cuento, el toro es como el invitado por error o, peor aún, aquel al que se invita para hacer mofa de su ropa de marca blanca y su peinado carente de personalidad). Con toreros me refiero a toreadores, banderilleros y demás, todos ellos del género masculino, por lo general. Pero resulta que hay no pocas mujeres que desean participar de la fiesta, ser cabezas de cartel, cortar orejas y, sí, también rabos. Y la misma progresía que, en Facebook, defiende la plena libertad de la mujer para desarrollarse como mejor le parezca, clama por la abolición de la fiesta nacional e incluso, en ocasiones, de manera más o menos sutil, por el exterminio de los toreros. Y yo me pregunto: ¿todos?, ¿también ellas? Es difícil entrar en un mundo macho como el de la tauromaquia. Pero por qué no poder cuando ya entraron, las mujeres, en el fútbol, que también es mundo muy macho en que los comentaristas deportivos aún celebran (incluso hoy, día de la mujer) la heroicidad de un jugador mentando a su progenitora con un rotundo ¡viva la madre que te parió! Ya saben: la mujer sólo es necesaria para parir ídolos del balón y otros prohombres. En ciertas culturas que aún nos atrevemos a llamar "salvajes", "atrasadas", "incivilizadas", y cosas por el estilo, parir hijas es un desprestigio. Qué cosas, ¿verdad?

Decía que esto del fútbol lo he visto en televisión. Pero se han preocupado también de la fecha de hoy: 8 de marzo: Día Internacional de la Mujer. Tanto, que han explicado que a Europa, según las estadísticas, le faltan no sé cuántos años (muchos, perdón, no he retenido el dato) para alcanzar la tan deseada igualdad entre hombres y mujeres. Y esto es porque, hasta que pase el citado número de años que no recuerdo, no habrá tantas mujeres como hombres en los Consejos de Administración de las grandes empresas, ni en los Gobiernos. Así, sin más. De las que sólo trabajan para ganar el pan por un salario que no permite ni la media barra no hablan. El que estas igualen sus sueldos con los de sus compañeros del sexo opuesto, por lo visto, no significa igualdad. La igualdad, al fin, va a resultar que la dictan las élites. De inmediato, ha regresado Scarlet a mi recuerdo. Porque ella, además de trabajadora fue, durante no pocos años de su minoría de edad, la Representante de la Organización de Niños Trabajadores de Bolivia. Sí, sí, no se asusten, existen esas cosas. Y no fueron pocos los que, en Facebook, criticaron al gobierno boliviano (líder en esa paridad de género en política de la que adolece Europa, por cierto) por rebajar la edad legal de trabajo a los 10 años. Adalides de la democracia y la defensa de los débiles. Progresistas que se niegan a asimilar que un niño precise trabajar para poder salir adelante, que no podrá tener infancia a cambio de poder tener el futuro que ellos gozan sentados frente al ordenador, mientras lanzan consignas muy democráticas en Facebook. Así, Scarlet, fue vilipendiada por su situación socioeconómica y por asumir el reto de defender sus derechos como trabajadora. Tal vez, el problema real, fuese que Scarlet era niña y no niño. Aunque ella defendía los derechos de niños y niñas, sin distinción. Ella no entendía de desigualdades y luchaba porque todos pudiesen tener los mismos derechos laborales. Y su mayor afán era (y es) poder ayudar a su gente, así, sin distinción de sexo: su gente. Y no se alarmen descubriendo nacionalismos que Scarlet no comprende. Con, su gente, ella, siempre, se ha referido a los oprimidos, especialmente si son menores de edad. Al final, creo que ella estaba educando en la igualdad como pocos lo hacen y como, por supuesto, no hacen nuestras soflamas en Facebook y aledaños.

Al final, ya ven, el texto que tenía pensado se ha ido perdiendo por los vericuetos de mis desvaríos, y me ha salido este engendro que no sé si alguien terminará de leer y que, de hacerlo, igual considera bobo, ofensivo, insolidario, reaccionario, e incluso machista, vaya usté a saber. Debe ser que paso demasiado tiempo en Facebook, esta nueva caverna de Platón, que demuestra que el filósofo fue un adelantado. Aquí estamos, todos, ante el mundo sensible, cada día más hundidos en él, cada día menos preocupados por rehuirlo, por caminar hacia la luz, por utilizar el raciocinio para poder ver la vida más allá de las sombras que tan bien proyectan, los titiriteros, contra la pantalla del ordenador, frente a este muro de Facebook que, como cualquier otro, tiene la función de separar. Aunque sólo sea el mundo sensible del inteligible.

Y sí, dirán, que Platón era machista, que los de su caverna eran sólo hombres. Pero por eso aún más visionario. Tal vez él supo ver, antes que nadie, que sólo la mujer podrá sacarnos de la caverna, enseñarnos a ver el mundo utilizando la razón.

Yo, sí, creo en la mujer. Scarlet es mujer.

sábado, 4 de febrero de 2017

fronteras líquidas

Anda revuelto el andamiaje periodístico con la nueva gobernanza estadounidense. También la llamada opinión pública. El pueblo, o sea. Sí, el tal Donald Trump. Ya conocemos al citado mamarracho, y comenzamos a temer sus oligofrénicas decisiones. Entre ellas, las que ya son: cerrar fronteras a latinos (pobres), musulmanes (pobres, perdón por la insistencia), y un largo etecé. Incluso aquí se manifiestan contra el nuevo dictador yanqui, en redes sociales y calles, mis compatriotas, los que habitan esta España mía esta España nuestra paraíso de puertas abiertas, 6 metros de altitud, 12 kilómetros de extensión, molduras de alambre de espino y pomos de cuchilla. Y la ola de indignación libertaria tiene visos de tsunami. Se extiende un rumor de beligerancia anti Trump, y salen a las calles de París, Berlín, Roma o Atenas, ciudadanos valedores de la gran democracia europea, para mostrar su descontento con las medidas racistas de aquel que ha decidido apagar con brusco gargajo la llama de esa Estatua de la Libertad que ya nada libera. Europa entera, o sea, clama contra muros y fronteras. De los campos de concentración en que recluye a los refugiados sirios no se habla. Que la suciedad del hogar es mejor esconderla bajo la felpa atigrada de una alfombra persa, o bajo celosías de hormigón que reconviertan las cunetas en autopista de pago.

Muros. Límites. Fronteras. Cercos. Reductos tras los que edulcorar un paraíso artificial, más dañino y mentiroso que los que se proporcionaba Baudelaire cuando el hachís le enardecía la pluma. 

Alguien dijo: un pueblo que no conoce su historia es un pueblo condenado a la extinción. Quizás no dijo eso exactamente. Quizás me lo acabo de inventar. Pero le va bien a este texto. El caso es que todos estos muros erigidos a mayor gloria del bolsillo de empresarios faltos de escrúpulos -valga la redundancia-, están a la orden del día, por más que sigamos conmemorando la caída del de Berlín, por ejemplo.

Con tanta frontera en mente sumerjo a mi hijo en la frontera voluble de la bañera. Me regalo ese breve momento de juego. Con la excavadora, el coche azul y el patito amarillo, por favor, papá. Y Munay, mientras sumerge en el agua tibia sus pies de gomaespuma, me sorprende con una erección de la que comienza a manar orina. Y se ríe. Se mea de la risa, nunca mejor dicho.  Las erecciones del niño, aún, sólo expulsan orina. Pero la disuelven en agua con idéntica fruición a que los mayores disolvemos las nuestras en líquidos más densos, más aromáticos.

Y es que el niño no entiende de fronteras. Al contrario. El niño goza con la mezcla. Y así, mixtura orines con geles, jabones y aguas. Sólo el niño conoce la esencia del ser humano. Aún no le hemos sabido extirpar la magia. Y por eso mea y sonríe al ver sus orines esculpiendo meandros de inocente lubricidad contra la espuma del baño. Mezclar fluidos, o sea. ¿No es, acaso, repito, a lo que jugamos de mayores, cuando el amor? Porque uno no concibe el amor sin contrabando de fluidos. Uno gusta de lamer las esquirlas que escupe tu vientre cuando lo trabaja sin conciencia de estar trabajando, cuando juega jugándote los labios con las láminas de vidrio roto de sus erecciones más certeras. Y retener entre mis dedos el jugo de tu juego jugando a recomponerlo con los trazos picassianos de esa saliva en que, más que la dicción, pierdo la vida. Uno sabe que en la mezcla está el riesgo, sí, pero también la magia... y así brota de tus labios una paloma de esperma, cual ilusionismo de andar por casa. De andar por casa y por ti, mezclándonos. Pero el orín del niño huele a inocencia. Ya será mayor para temer que el de quien con él yazca huele a pecado.

Finalizado el baño regreso a la cripta inhóspita del telediario, y claman las voces modernas contra la prehistoria que quiere regalarnos el mandatario estadounidense. Imagino que lo único que le ocurre es que quiere evitar la orina del ajeno, el otro, el extranjero. Le supongo un tipo de escasa imaginación amorosa, de los de coyunda nocturna sin luces y posterior lavado genital urgente. Yo, lo lamento, en el amor como en la vida, prefiero mancharme. Por eso sé que la orina de mi hijo sabe a algodón de azúcar. Los europeos de pancarta y soflama anti Trump desconocen el sabor de la orina mexicana. Pero saborean, cada día, en su baño mediterráneo de yate oneroso, topless feminista, y bronceado fraudulento, ese orín sirio o subsahariano que sabe a miedo, sangre e infancia que ya no... que ya nunca.  

Así que: ¡abajo las fronteras!

Suena bien pero... no sé, no termino de verlo claro. Por eso, sólo espero que este mundo imbécil que estamos edificando, ladrillo a ladrillo, me permita viajar con Munay, para ponerle a mear contra muros y alambradas, para dejarle orinar en el mar. Lamento decir que, hoy, él es mi único pueblo. Y, como no quiero que olvide su historia, le explicaré que al bañarse en el Mediterráneo baña su piel el último orín que brotó de unos riñones como respuesta natural al pánico de ver su vida sumergirse en la marea... y en la ignominia de esta Europa tan libre y democrática que da la espalda a Trump con menos ahínco que a quienes desesperan y pierden la vida clamando, a sus puertas, por la abolición de las fronteras.

Lo dicho: ¡abajo las fronteras! Y, si tienen tiempo y no les da miedo mancharse de la orina ajena, miren y escuchen a personas menos egoístas que yo. Personas que aún se saben pueblo y se empeñan en recordarle su historia...