viernes, 2 de junio de 2017

... víspera de resplandores

días de borrasca
... víspera de resplandores
Héroes del Silencio

Pero no es borrasca lo que estos días moldea los cielos madriles, no, no es borrasca. Sólo es amenaza de tormenta primaveral que no se materializa. Como esas amenazas de tomar medidas que lanzan los jefes de medio pelo de la empresa, para calentar al personal hasta llevar a ebullición su ansiedad de fin de mes y soga al cuello.

Y es que ha llegado la primavera, con su uniforme de presidiario a la hora del vis a vis, engañando los termómetros con una sonrisa de reencuentro, mientras atesora en su estómago los nudos de una tormenta escondida tras los barrotes del presidio. O sea, que sólo es amago de tormenta, lo que ahoga el tráfico madrileño, ya ahogado de por sí en sus propios esputos de tubo de escape oxidado. Y a mí, la tormenta (o su presagio) me levanta dolor de cabeza. Tanto me duele que creo encontrar en la base de mi cráneo un agujero por el que se escapan, como avariciosos reptiles de sombra, mis ideas más fecundas... esas de las que nada nace. Me toco la nuca y descubro un orificio húmedo. Introduzco el dedo anular, como lo hacía en ti, y encuentro humedades que semejan las tuyas. La tormenta ha abierto heridas en mi calavera, tan digna ella, con su sonrisa de anuncio dentrífico. Heridas que no sangran, pero vierten humedades que me recuerdan a ti, qué le vamos a hacer.

Jane Birkin y Serge Gainsbourg vestidos de tormenta, cortesía de "la red"
Me acerco a la nevera y contemplo su estómago huérfano de alimentos. Abro el armario donde suelo guardar las latas de atún, maíz y otras vísceras de pachamama. Nada. Todo está vacío, hoy, en la cocina, en la casa, en el hogar. Encuentro un pedazo de chorizo leonés. Saco un cuchillo del cajón, el que mejor sabe disponer los embutidos como si fuesen ostias sagradas. Pero, antes de cortar el chorizo, dirijo el estilete a la base de mi sesera, y lo introduzco despacio. Sale húmedo de grumos que podrían ser las reliquias de tu amor. Pero los contemplo y comprendo que son sólo masa encefálica en desbandada, ideas perdidas, dolores inexpresables. Me duele la cabeza, mucho. Será la tormenta. El frigorífico, tan solidario él, comienza a exclamar sonidos de vibraciones que uno, tan de letras, no entiende. Será el momento de refrigerar, o cosas así. El caso es que la nevera suena, vibra, tararea melodías de tormenta... como mi cabeza.

Decido olvidarme de la cena. Pongo música. El nuevo de los Afghan Whigs. Dulli aúlla. Decido cambiar de acorde. Gainsbourg replica la borrasca en que se pierden las piernas de Jane Birkin con resplandores de bofetada. Me incomoda. Cambio. Nacho Vegas cree que va a empezar a llover. Yo lo dudo. Y me duele. Me duele la base del cráneo. Mucho. Introduzco de nuevo el cuchillo en el orificio por el que se escapan estos presagios de tormenta que no llega, y sale enjuagado de ti. He mojado el cuchillo en la marisma agreste de tus tormentas interiores. Lo acerco a los labios y comienzo a lamerlo hasta que mi lengua se ve desorientada por un crucigrama de cisuras que no tiene solución. Imagino que sabe a ti, pero sólo porta el sabor amargo de mi sangre y mi masa encefálica, enredadas en equívoca coyunda... que nada tiene que ver el latido con el pensamiento, ya me lo advirtieron algunos amigos...

Me asomo a la ventana, con el cuchillo aún entre los labios. El cielo está preñado de un parto monstruoso que nunca llegará. No llueve. No llegará a llover. Y mientras no ocurra, mientras no llueva sobre mí tu aguacero de orgasmo fresco y susurro a medio hornear, me seguirá doliendo la cabeza...

No sé por qué escribo todo esto... maldita tormenta, que no es borrasca y que no es, por tanto, víspera de más resplandor que el de mi sangre adulterada con borbotones del cerebro que ya comienza a faltarme. 

jueves, 6 de abril de 2017

por la calle del medio

Los españoles somos muy dados al uso de frases que remiten a pasados de pasmo e inactividad. Como la siesta, o sea, muy española y añeja también, a la par que deliciosa y salubre para el organismo, según los últimos estudios. Pasados de refranes que pretendían convertir en máxima aquello que no pasaba de tópico. Pero somos muy de que "me lo den todo hecho". De ahí que prefiramos los refranes populares a los aforismos de Montaigne, por ejemplo. Que, además, a los franceses, aún nos enorgullecemos de haberlos expulsado de la península, qué se le va a hacer... el nacionalismo, esa otra lección aprendida junto a la lista de los reyes godos, con idéntica carencia de raciocinio, con semejante exceso de querer memorizar para pasar de curso. Así somos, y a pesar de pretender estar a la última en teléfonos inteligentes y mercantiles carencias de inteligencia, seguimos aplaudiendo los refranes, los dichos, esos murmullos arcaicos. Por eso el refranero español, que no debiera pasar de mera anécdota o estudio sociológico, se convierte para demasiados en guía de vida, camino señalado, orden a seguir, impronta con que marcar el cuero de toro del que tanto alardeamos.

Y es que cuando dudamos, cuando no sabemos qué hacer, cuando pensamos que sólo hay dos opciones donde realmente habitan infinitas posibilidades, en vez de elegir entre una y otra decidimos tirar por la calle del medio. Lo menos arriesgado, lo que más creemos que asegura eso que llamamos vida y que, si de algo carece, es de seguridad alguna. Ignoro si eso de "tirar por la calle del medio" es refrán, pero sí es, al menos, dicho popular repetido hasta el hartazgo.

Hace ya días como presidios (sigo escribiendo con retraso, lo sé) que tuve la fortuna de acudir a una pequeña sala madrileña para ver a Diego Vasallo presentando su nueva genialidad musicada. El local ofrecía todo lo preciso para un recital del bardo donostiarra: luz tenue, acústica perfecta, mesas y sillas bajas, escenario recogido a la altura precisa, silencio... ¿silencio? De eso hablamos luego, mejor. 

Diego Vasallo, cortesía de "la red"
El caso es que Vasallo se presentó con su desnudez de crooner trajeado, acompañado por un grupo de magistrales músicos cuya presencia en escena delineaba milimétricamente el concepto de elegancia. Una a una, fue desgranando sus canciones de cuna para adultos con la dolorida serenidad de una voz que nació para romper los días y desterrar la costumbre... haciendo poesía de ella, pero sin convertirla en refrán. Y es que, no sé si se han percatado pero, últimamente, pulula demasiado sentencioso que se gusta en llamar poeta... y no pocos le aplauden. Todo lo contrario de el poeta que nos ocupa, que destroza la noche con pinceladas de alcohol agrio y martirio seductor sin pretenderse Bukowski. Su música es pura geometría de la piel, su voz aritmética de la herida, su poesía álgebra de la memoria. Lo llevo diciendo desde hace años, mayormente por lo necesario que es, cuando explicas a alguien que algo te gusta, proporcionarle referencias: Vasallo se me antoja un Joe Henry que camina hacia Tom Waits y ha quedado, afortunadamente, perdido en el camino. Y es ahí, en un camino de otoños escupidos y verdades a medias, en un sendero de puñales tiernos y caricias feroces, donde ha decidido él hacer patria. No es que haya tirado por la calle del medio, como tantos otros harían y han hecho. Él ha decidido quedar a medio camino porque comprendió que el suyo era la encrucijada. Y no me cabe la menor duda de que, de haber nacido en las states, Diego Vasallo sería, hoy, ídolo de multitudes. Afortunadamente para mí y el resto de personas que escancian cada noche su música de terciopelo agrio en paseo por la cuerda floja de la vida, el poeta, el músico, en este país, pasa casi desapercibido. Desafortunadamente para él, podríamos añadir. Pero lo dudo. Porque, ya lo he dicho, creo que encontró su camino... y lo disfruta.

Pero hablaba, antes, del silencio en la sala. Aquellos que acostumbraban acudir a recitales para deleitar oídos y dermis, me temo, cada vez son menos, en este país. Últimamente, los conciertos se han convertido en una especie de reunión de amigos que acuden a contarse las trifulcas sexuales del fin de semana con música de fondo. En directo, sí, pero, insisto: música de fondo. Y el concierto de Vasallo no podía ser menos. Detrás de mí, obscenamente apoltronados en sus sillas, una pareja se retorcía de risa e impudicia mostrando su amor infinito al resto de la sala, mientras el bardo aseguraba que todas sus canciones están hechas de miedo a perderte. La parejita de marras, obvio, no sentía ningún miedo. Tal vez nunca hayan sentido el amor que públicamente se profesan, como hoy se profesa de manera pública cualquier cosa que nos muestre ante el resto como alguien diferente. Imagino que no sabían a quién iban a escuchar y ver. Tendrían dinero y tiempo, pasaron por la puerta del local y dijeron "¡un concierto!, ¡qué guapo!, ¿entramos?"... o algo así. Después, sin saber si quedarse o marcharse, decidieron tirar por la calle del medio, la más fácil: joder al respetable sin dejar de mostrar su presencia cool en el mismo.

Al concierto fui con un amigo al que, por cierto, de haber seguido la calle del medio, no hubiese tenido nunca la fortuna de recuperar. Finalizado el recital, paseando los charcos de una primavera dubitativa, abrigados ambos con nuestro propio silencio, él decidió romper el circundante con una palabra: exquisito. Pues eso, que me podría haber ahorrado la cansina retahíla de antes. Exquisito. Lamentó, eso sí -ahí coincidimos-, la lamentable presencia de la pareja de enamorados. Pero eso -coincidimos de nuevo- está a la orden del día. Y es que en este país, ante la falta de cultura musical (entre otras) seguimos tirando por la calle del medio. Y si nos dicen que la música está muerta, que ya nadie compra discos, que lo que se lleva son los conciertos, acudimos a ellos en masa. Por no pensar, por no intentar averiguar, de todos los caminos, cuál es el correcto, tiraremos por la calle del medio. Aunque ya no sean los refraneros, sino los mercados, quienes nos dicten dichos senderos. 

No nos gustan la música ni la poesía, pero aunque nuestros oídos y nuestra piel no están educados en la magia, acudimos a los conciertos porque nos lo podemos permitir y creemos distinguirnos, así, del resto, siguiendo el rebaño que pastorean los que dictan las "tendencias". Si no comprendemos que la vida no es sólo nuestra, ni la tierra nuestro patio de recreo, acudimos a manifestaciones de cañas y tapas y nos quejamos en las redes sociales después de votar a los de siempre o no votar. Si no asimilamos que en nuestras costas sigan vomitando algas los esclavos, proclamamos solidaridad mundial y acudimos en masa a comprar en la nueva sucursal de Amancio Ortega S.A. por eso de elegir entre la economía propia o la del niño explotado... tirar por la calle del medio, así lo llaman.
Afortunadamente quedan músicos como Diego Vasallo, que nos enseñan que, mejor que tirar por la calle del medio, es quedarse en medio para encontrarse a uno mismo. Aunque, de la otra forma, en Estados Unidos podría vender más discos.

miércoles, 8 de marzo de 2017

el mito de la caverna (reloaded)

a Scarlet Coca, mujer libre que camina hacia la luz

Un tal Platón, al que pocos coetáneos recuerdan y -me temo- casi ningún perteneciente a las generaciones venideras sabrá identificar, incluyó en su República, allá por el trescientos y pico antes de Cristo, una alegoría que aún da que pensar. Me refiero al famoso "mito de la caverna" en que, el filósofo, habla de varios hombres que permanecen encadenados, desde su nacimiento, en el fondo de una caverna a cuya entrada arde una hoguera. Los encadenados sólo pueden contemplar las sombras que se proyectan contra las paredes del fondo de la cueva, provocadas por otros hombres que, portando en sus manos utensilios diversos, caminan entre los encadenados y la hoguera. Lo que perciben estos cautivos, según Platón, sería el mundo sensible. Pero... ¿qué pasaría si uno de ellos pudiese girar la cabeza, mirar hacia la entrada de la cueva, y ver la realidad? Eso sería, según Platón, alcanzar el mundo inteligible, aquel que se conoce usando la razón, no únicamente los sentidos. Platón, ese antiguo, ya digo, a mí me tiene pensativo, desde que leí su República.

Iba hoy a escribir algo referente al Día Internacional de la Mujer. Ya saben, esa cosa (entre otras muchas) que logra que Facebook sea, a día de hoy, la gran democracia libre y progresista que soñase cualquier utópico humanista. Y es que, si hiciésemos caso de Facebook, está claro que somos una sociedad realmente avanzada, y no esta fotocopia neandertal de una caverna hacia cuyo interior camina un aguerrido guerrero, sujetando con su zarpa prehistórica el cabello de aquella a la que ha decidido convertir en su mujer... su propiedad. Ella, arrastrada hacia el interior de la caverna, retiene en sus pupilas, por última vez, la luz de la hoguera, la realidad, el mundo inteligible. Él, en su caminar hacia el interior de la caverna, fija su mirada en las sombras que proyecta la mujer, en su intento desesperado por escapar a su agresor. Dichas sombras se le antojan contorsiones de placer. El mundo sensible... y falible, ya ven.

El caso es que, comenzado el texto, me ha invadido el tedio. A qué gastar mi tiempo en intentar explicar algo que ya se encargan de hacer, más y mejor, en redes sociales, televisiones, columnas periodísticas, grandes almacenes, partidos políticos y demás agencias de marketing. Así que me he dedicado a revisitar viejas fotografías. Entre ellas han aparecido un buen puñado de las que tuve la suerte de tomar a Scarlet, una joven boliviana de mis tiempos del circo. Cuando la conocí, ella apenas tenía 16 años. Se ganaba la vida haciendo malabares en las calles y trabajando en mercados y plazas, cargando alimentos, vendiéndolos, para sacar adelante a una cuantiosa familia. También estudiaba mucho, durante su poco tiempo libre, y enseñaba a otros niños. Escuchaba, atenta, cualquier opinión. Y pensaba, se hacía preguntas. Se mostraba recelosa del mundo sensible que habían construido para ella. Caminaba hacia la luz y, de hecho, ansiosa de luz, tragaba antorchas incendiadas y hacía malabares con las mismas, ya lo he dicho. Jugaba con fuego, o sea. Porque buscar la luz para poder escabullir lo que nos pretenden imponer, para comprender mejor la realidad, a día de hoy, es jugar con fuego. Incendiar la vida, quemar puentes, prender fuego a la comodidad y hacer hoguera de lo establecido. Eso hacía Scarlet, casi sin saberlo. Cualquiera que pudiese asomarse a sus pupilas de navío feroz podía comprenderlo.

Como me invade la melancolía decido volver al texto que tenía pensado. Pero me pierdo en Facebook, y gracias a la progresía que abarrota sus muros, descubro que el nuevo Ministro de Cultura ha decidido -después de bailar a Leonard Cohen- bajar el IVA a la fiesta nacional: los toros, o sea, algo a defender, algo muy patrio, muy nuestro, enseña y orgullo de esta nación una grande y libre. Y al hilo de esta nueva muestra de sabiduría gubernamental, creo poder enriquecer mi texto. Porque a dicha fiesta sólo suelen acudir toreros (al toro no le cuento, el toro es como el invitado por error o, peor aún, aquel al que se invita para hacer mofa de su ropa de marca blanca y su peinado carente de personalidad). Con toreros me refiero a toreadores, banderilleros y demás, todos ellos del género masculino, por lo general. Pero resulta que hay no pocas mujeres que desean participar de la fiesta, ser cabezas de cartel, cortar orejas y, sí, también rabos. Y la misma progresía que, en Facebook, defiende la plena libertad de la mujer para desarrollarse como mejor le parezca, clama por la abolición de la fiesta nacional e incluso, en ocasiones, de manera más o menos sutil, por el exterminio de los toreros. Y yo me pregunto: ¿todos?, ¿también ellas? Es difícil entrar en un mundo macho como el de la tauromaquia. Pero por qué no poder cuando ya entraron, las mujeres, en el fútbol, que también es mundo muy macho en que los comentaristas deportivos aún celebran (incluso hoy, día de la mujer) la heroicidad de un jugador mentando a su progenitora con un rotundo ¡viva la madre que te parió! Ya saben: la mujer sólo es necesaria para parir ídolos del balón y otros prohombres. En ciertas culturas que aún nos atrevemos a llamar "salvajes", "atrasadas", "incivilizadas", y cosas por el estilo, parir hijas es un desprestigio. Qué cosas, ¿verdad?

Decía que esto del fútbol lo he visto en televisión. Pero se han preocupado también de la fecha de hoy: 8 de marzo: Día Internacional de la Mujer. Tanto, que han explicado que a Europa, según las estadísticas, le faltan no sé cuántos años (muchos, perdón, no he retenido el dato) para alcanzar la tan deseada igualdad entre hombres y mujeres. Y esto es porque, hasta que pase el citado número de años que no recuerdo, no habrá tantas mujeres como hombres en los Consejos de Administración de las grandes empresas, ni en los Gobiernos. Así, sin más. De las que sólo trabajan para ganar el pan por un salario que no permite ni la media barra no hablan. El que estas igualen sus sueldos con los de sus compañeros del sexo opuesto, por lo visto, no significa igualdad. La igualdad, al fin, va a resultar que la dictan las élites. De inmediato, ha regresado Scarlet a mi recuerdo. Porque ella, además de trabajadora fue, durante no pocos años de su minoría de edad, la Representante de la Organización de Niños Trabajadores de Bolivia. Sí, sí, no se asusten, existen esas cosas. Y no fueron pocos los que, en Facebook, criticaron al gobierno boliviano (líder en esa paridad de género en política de la que adolece Europa, por cierto) por rebajar la edad legal de trabajo a los 10 años. Adalides de la democracia y la defensa de los débiles. Progresistas que se niegan a asimilar que un niño precise trabajar para poder salir adelante, que no podrá tener infancia a cambio de poder tener el futuro que ellos gozan sentados frente al ordenador, mientras lanzan consignas muy democráticas en Facebook. Así, Scarlet, fue vilipendiada por su situación socioeconómica y por asumir el reto de defender sus derechos como trabajadora. Tal vez, el problema real, fuese que Scarlet era niña y no niño. Aunque ella defendía los derechos de niños y niñas, sin distinción. Ella no entendía de desigualdades y luchaba porque todos pudiesen tener los mismos derechos laborales. Y su mayor afán era (y es) poder ayudar a su gente, así, sin distinción de sexo: su gente. Y no se alarmen descubriendo nacionalismos que Scarlet no comprende. Con, su gente, ella, siempre, se ha referido a los oprimidos, especialmente si son menores de edad. Al final, creo que ella estaba educando en la igualdad como pocos lo hacen y como, por supuesto, no hacen nuestras soflamas en Facebook y aledaños.

Al final, ya ven, el texto que tenía pensado se ha ido perdiendo por los vericuetos de mis desvaríos, y me ha salido este engendro que no sé si alguien terminará de leer y que, de hacerlo, igual considera bobo, ofensivo, insolidario, reaccionario, e incluso machista, vaya usté a saber. Debe ser que paso demasiado tiempo en Facebook, esta nueva caverna de Platón, que demuestra que el filósofo fue un adelantado. Aquí estamos, todos, ante el mundo sensible, cada día más hundidos en él, cada día menos preocupados por rehuirlo, por caminar hacia la luz, por utilizar el raciocinio para poder ver la vida más allá de las sombras que tan bien proyectan, los titiriteros, contra la pantalla del ordenador, frente a este muro de Facebook que, como cualquier otro, tiene la función de separar. Aunque sólo sea el mundo sensible del inteligible.

Y sí, dirán, que Platón era machista, que los de su caverna eran sólo hombres. Pero por eso aún más visionario. Tal vez él supo ver, antes que nadie, que sólo la mujer podrá sacarnos de la caverna, enseñarnos a ver el mundo utilizando la razón.

Yo, sí, creo en la mujer. Scarlet es mujer.

sábado, 4 de febrero de 2017

fronteras líquidas

Anda revuelto el andamiaje periodístico con la nueva gobernanza estadounidense. También la llamada opinión pública. El pueblo, o sea. Sí, el tal Donald Trump. Ya conocemos al citado mamarracho, y comenzamos a temer sus oligofrénicas decisiones. Entre ellas, las que ya son: cerrar fronteras a latinos (pobres), musulmanes (pobres, perdón por la insistencia), y un largo etecé. Incluso aquí se manifiestan contra el nuevo dictador yanqui, en redes sociales y calles, mis compatriotas, los que habitan esta España mía esta España nuestra paraíso de puertas abiertas, 6 metros de altitud, 12 kilómetros de extensión, molduras de alambre de espino y pomos de cuchilla. Y la ola de indignación libertaria tiene visos de tsunami. Se extiende un rumor de beligerancia anti Trump, y salen a las calles de París, Berlín, Roma o Atenas, ciudadanos valedores de la gran democracia europea, para mostrar su descontento con las medidas racistas de aquel que ha decidido apagar con brusco gargajo la llama de esa Estatua de la Libertad que ya nada libera. Europa entera, o sea, clama contra muros y fronteras. De los campos de concentración en que recluye a los refugiados sirios no se habla. Que la suciedad del hogar es mejor esconderla bajo la felpa atigrada de una alfombra persa, o bajo celosías de hormigón que reconviertan las cunetas en autopista de pago.

Muros. Límites. Fronteras. Cercos. Reductos tras los que edulcorar un paraíso artificial, más dañino y mentiroso que los que se proporcionaba Baudelaire cuando el hachís le enardecía la pluma. 

Alguien dijo: un pueblo que no conoce su historia es un pueblo condenado a la extinción. Quizás no dijo eso exactamente. Quizás me lo acabo de inventar. Pero le va bien a este texto. El caso es que todos estos muros erigidos a mayor gloria del bolsillo de empresarios faltos de escrúpulos -valga la redundancia-, están a la orden del día, por más que sigamos conmemorando la caída del de Berlín, por ejemplo.

Con tanta frontera en mente sumerjo a mi hijo en la frontera voluble de la bañera. Me regalo ese breve momento de juego. Con la excavadora, el coche azul y el patito amarillo, por favor, papá. Y Munay, mientras sumerge en el agua tibia sus pies de gomaespuma, me sorprende con una erección de la que comienza a manar orina. Y se ríe. Se mea de la risa, nunca mejor dicho.  Las erecciones del niño, aún, sólo expulsan orina. Pero la disuelven en agua con idéntica fruición a que los mayores disolvemos las nuestras en líquidos más densos, más aromáticos.

Y es que el niño no entiende de fronteras. Al contrario. El niño goza con la mezcla. Y así, mixtura orines con geles, jabones y aguas. Sólo el niño conoce la esencia del ser humano. Aún no le hemos sabido extirpar la magia. Y por eso mea y sonríe al ver sus orines esculpiendo meandros de inocente lubricidad contra la espuma del baño. Mezclar fluidos, o sea. ¿No es, acaso, repito, a lo que jugamos de mayores, cuando el amor? Porque uno no concibe el amor sin contrabando de fluidos. Uno gusta de lamer las esquirlas que escupe tu vientre cuando lo trabaja sin conciencia de estar trabajando, cuando juega jugándote los labios con las láminas de vidrio roto de sus erecciones más certeras. Y retener entre mis dedos el jugo de tu juego jugando a recomponerlo con los trazos picassianos de esa saliva en que, más que la dicción, pierdo la vida. Uno sabe que en la mezcla está el riesgo, sí, pero también la magia... y así brota de tus labios una paloma de esperma, cual ilusionismo de andar por casa. De andar por casa y por ti, mezclándonos. Pero el orín del niño huele a inocencia. Ya será mayor para temer que el de quien con él yazca huele a pecado.

Finalizado el baño regreso a la cripta inhóspita del telediario, y claman las voces modernas contra la prehistoria que quiere regalarnos el mandatario estadounidense. Imagino que lo único que le ocurre es que quiere evitar la orina del ajeno, el otro, el extranjero. Le supongo un tipo de escasa imaginación amorosa, de los de coyunda nocturna sin luces y posterior lavado genital urgente. Yo, lo lamento, en el amor como en la vida, prefiero mancharme. Por eso sé que la orina de mi hijo sabe a algodón de azúcar. Los europeos de pancarta y soflama anti Trump desconocen el sabor de la orina mexicana. Pero saborean, cada día, en su baño mediterráneo de yate oneroso, topless feminista, y bronceado fraudulento, ese orín sirio o subsahariano que sabe a miedo, sangre e infancia que ya no... que ya nunca.  

Así que: ¡abajo las fronteras!

Suena bien pero... no sé, no termino de verlo claro. Por eso, sólo espero que este mundo imbécil que estamos edificando, ladrillo a ladrillo, me permita viajar con Munay, para ponerle a mear contra muros y alambradas, para dejarle orinar en el mar. Lamento decir que, hoy, él es mi único pueblo. Y, como no quiero que olvide su historia, le explicaré que al bañarse en el Mediterráneo baña su piel el último orín que brotó de unos riñones como respuesta natural al pánico de ver su vida sumergirse en la marea... y en la ignominia de esta Europa tan libre y democrática que da la espalda a Trump con menos ahínco que a quienes desesperan y pierden la vida clamando, a sus puertas, por la abolición de las fronteras.

Lo dicho: ¡abajo las fronteras! Y, si tienen tiempo y no les da miedo mancharse de la orina ajena, miren y escuchen a personas menos egoístas que yo. Personas que aún se saben pueblo y se empeñan en recordarle su historia...


lunes, 26 de diciembre de 2016

vuelve a casa, ¿vuelve?

Crece a diario el número de españoles que ven anidar en sus carnes las muy diversas modalidades de mordida que propina la voracidad de unos gobernantes insaciables. En esto se podrían resumir las lamentables noticias con que vamos abandonando este año nefasto. Bueno, tal vez podrían unirse al resumen una masa, aún más amplia, de ciudadanos de otros países. Más si tenemos en cuenta la creciente y -en boca del nuevo Ministro de Exteriores patrio- amplia de miras, movilidad exterior de gran parte de los habitantes de este planeta. 

Y es que los titiriteros han decidido renovar su corral de tragicomedias sustituyendo algún que otro títere del anterior Gobierno por nuevos, más lustrosos y de apellido más desconocido (salvo por sus familiares). Así la cartera de Exteriores, que porta hoy un nuevo y flamante depredador, pero en cuyo interior anidan aún los restos del anterior banquete.

Últimamente fumo demasiado. Sí, a pesar del precio. Y sólo tabaco, advierto, justamente por el precio. Tabaco de liar, que se supone menos dañino y, a la par, menos gravoso para la salud. El caso es que siempre quedan, finalizando el paquete, unas hebras de tabaco que no dan para liarse un nuevo cigarro. Así que las trasvaso al nuevo. Y ahí quedan, me temo, hasta el siguiente cambio de paquete, en que repito idéntica maniobra. Al final, pienso, hay unas hebras de tabaco que siempre quedan sin fumar. Lo mismo son infumables, si me permiten el estúpido juego de palabras. Debería dejar de fumar... en fin.

El caso es que algunos de los muy y mucho españoles que andan merodeando geografías lejanas, tienen por costumbre, si la economía lo permite, volver a casa por Navidad, abrazar a los familiares y amigos, ensuciar el mantel de Nochebuena con lamparones de melancolía retenida largo tiempo en vasijas de lágrima huérfana. Dice el citado Ministro que no es grave eso de dejar familia y amigos. Y hemos de darle la razón: el abandono de lo propio no es enfermedad que socave los escasos recursos de la sanidad pública. O sea, que de hacer nueva vida lejos de casa nadie se muere... y si lo hacen ocurre lejos, fuera, y sin cargo alguno para nuestros bolsillos. Uno, que ha vivido largo tiempo en el extranjero, sabe de lo que habla. Pero me asaltan las dudas al respecto de esta certeza gubernamental de que los que salen del propio país (aunque este, no lo olvide el Ministro, en numerosas ocasiones, se reduzca a la geografía carnal del abrazo amigo y materno) lo hacen porque son intrépidos, altos de miras, aventureros... y no dudo por los conciudadanos exiliados, no: lo hago por los naturales de otros países que guardan en su interior idéntico espíritu viajero, ya saben: sirios, afganos, subsaharianos, magrebíes, sudamericanos, toda esa indómita caterva de irreductibles salvajes con ansia de crecer en sabiduría y conocimiento haciendo lo único que resta a su alcance: viajar, conocer nuevas sociedades... perder países, que dijese mi amado Pessoa.

Hay quien habla de la necesaria Revolución. Hay quien asegura que deberíamos comenzar demoliendo los cimientos que tan mal nos sustentan para poder edificar nueva sociedad. No seré yo quien lo ponga en duda. Pero quizás, tal vez, deberíamos comenzar por exigir al Ministro que abrace a todos los exiliados que su correligionario de Interior ametralla con pelotas de goma (o de vaya usté a saber qué otros armamentos fabricados por su antiguo correligionario de Defensa) en la frontera de Melilla, por ejemplo... sí, las concertinas esas, y tal. Al fin y al cabo, hablamos de ciudadanos abiertos de mente, ansiosos por recorrer geografías inhóspitas... como los españoles que emigran, o sea.

Sinceramente, pienso en esto y se me va la cabeza. Miro a Munay dormido, afortunadamente alimentado, y valoro si puedo o no pasar, esta noche, sin abrir esa latita de sardinas en aceite que me alimente a mí -como a él la tortilla- los sueños. Luego pienso si no sería mejor regresarme a Bolivia, que tanto me abrió la mente, señor Ministro. De ahí, no puedo evitarlo, mi discurrir cerebral entra en barrena, y acabo pensando que tal vez no era yo uno de esos jóvenes españóles intrépidos y despegados que hacen vida en cualquier rincón con el único ánimo de ser emprendedores, abiertos de miras... y es que ya no soy tan joven, y parte de mi juventud la quemé lejos de los míos. Sinceramente, señor Ministro (disculpe que no diga su nombre, pero a mí, tan español, me resulta demasiado ajeno, como noruego o así), tal vez tenga razón, pienso, porque el retorno, si no es por Navidad, te descubre que los que se proclamaban amigos no tienen noción de dicha cualidad, y que los familiares sólo se preocupan por ver quién trincha el pavo. Eso sí: deje entrar, de una vez, en España, ese fulgor nacarado de una sonrisa negra destrozada a dentelladas de hambre, ese ondear de banderas escritas en árabe que ansía alimentar a los suyos con la única lengua que conoce, porque ellos también son aplaudidos por los gobiernos que les someten, cuando deciden poner fin a su tormento de pan que no llega y salario que nos comemos, nosotros, entre las migajas de su crujientes de su coltán y su aceite de palama. Se van. Dejan familia y amigos. Viajan con amplitud de miras. Son emprendedores.

Y no se sienta atacado, señor Ministro, por el equívoco que han generado sus declaraciones. Tiene usted la suerte de poder decir lo que le plazca en televisiones y Congresos. Tiene usted la suerte de la sopa cinco estrellas y el jamón pata negra. Y tiene usted el apoyo del resto de títeres. Me explico: tenemos una Ministra de Defensa que para defenderse de quién sabe qué duplica el gasto militar mientras encomienda la vida de nuestros militares a dioses y vírgenes, y un Ministro de Cultura que ha danzado alegremente durante toda su juventud al ritmo de Leonard Cohen, y un Presidente de la cosa que cuenta por kilómetros de caminata matutina el número de familias que esta Navidad sólo podrán soñar con el regreso de los suyos mientras calientan el pollo relleno de nada a la luz de una vela dibujada en una postal navideña.

Así que: Feliz Navidad, señor Ministro... pero tenga cuidado con la cena de Año Nuevo, no vaya a ser que algún español viajero y alto de miras haya decidido envenenar su Möet Chandon con chicha boliviana, por ejemplo (le aseguro que puede resultar nociva en cantidades no tan excesivas... cuando a uno sólo le apetece beber para olvidar).


Vuelvo a pasar los restos de tabaco al siguiente paquete. Como los Ministerios se pasan la cartera dejando en su interior lo inservible. Quizás este tabaco sea infumable y deba tirarlo a la basura. Quizás igual los Ministerios, y esas pequeñas hebras de ignominia que pasan de cartera a cartera. Quizás en esos restos de tabaco quepa toda la Revolución que aún no llega y, por tanto, le permite a usted, señor Ministro, aullar en el Congreso lo que el titiritero le susurra al oído.

jueves, 1 de diciembre de 2016

negra actualidad

Demasiado tiempo desconectado de la realidad. Porque la realidad, no se engañen, nos vigila tras los barrotes de píxel de la pantalla portátil de cualquier otro artefacto de los que preferimos para "estar informados". El caso es que reconozco que, últimamente, sólo me he asomado a los noticiarios para bailar mis lágrimas hasta el final del amor con Leonard Cohen, a quien, todo hay que decirlo, la prensa generalista patria dedicó menos espacio que al último acontecimiento futbolístico... marca España, o sea. Lo dicho: intento regresar a la realidad. Y entre la hojarasca de latrocinios políticos que a nadie ya parecen molestar, entre los ladridos de perro que corean la voz de su amo, rescato el naufragio mínimo de esas "noticias" que sólo tienden a llenar el vacío profesional de los periodistas y el existencial de los lectores. Para muestra, un botón: "la modelo senegalesa Khoudia Diop triunfa en las redes sociales por su gran valentía". Así, más o menos, rezan los titulares que ilustran esta noticia de la que no puedo dejar de hacerme eco, dada mi debilidad por la piel... más si esta hace pareja con el color de mi alma.

Resulta que la citada modelo es negra. Pero muy negra. "Negra, negrísima", al decir de algunos de los textos que nos explican la valentía de esta modelo. La senegalesa, gracias a su exacerbada negritud, ha sido la afortunada que comande una campaña reivindicativa del respeto a los diferentes tonos de piel. El caso es que miro las fotos de la citada modelo y su piel, amén de negra, me resulta bellísima y me provoca una ebriedad más oscura que cualquier verso de Dylan Thomas. Pues eso, que la modelo es negra, muy negra, pero me pregunto yo si quien la ha convertido en reclamo publicitario (que, al fin, eso son todas estas campañas de igualdad con que pretenden entretenernos de la realidad) ha visitado, en alguna ocasión, Senegal, su país de origen. De haberlo hecho, no le habría sorprendido el tono de piel de Diop, estoy seguro, porque es el que comparte con la gran mayoría de sus paisanos. Así que la modelo negra es muy negra. Y eso es algo muy valiente, ¡bravo por ella! 

Pueden comprender que mi vista se ha fatigado enseguida, y he decidido sacarla a pasear las calles, a que se refresque en el regato tierno de lo cotidiano. Camino callejas y avenidas y me sorprendo sorprendiendo con pupila de numismático la piel de toda mujer de ascendencia africana con que tengo la fortuna de cruzarme. Por ver si es tan negra como la modelo, no sean mal pensados. Al final, resulta que la información manipula, debe ser eso. Subo a un autobús que me regrese al hogar y, en su interior, una señora de mediana edad y demediado aspecto gesticula profiriendo insultos en alta voz. Los destinatarios son un grupo de jóvenes marroquíes que explican a la mujer que tienen el mismo derecho que ella a entrar en el autobús, que ellos también son españoles, que nacieron en este país. La mujer, a punto de colapso nervioso, los ojos sierpes y escopetas las venas del cuello, les espeta que hablen, entonces, en español. El joven junto al que he tomado asiento me informa de que los chavales estaban hablando marroquí antes de subir al autobús, en la misma parada en que esperaba la iracunda mujer, y esta se sintió ofendida pensando que se dirigían de manera ofensiva a su propia persona. Así ha comenzado el circo.  Así inician todos los circos desde que existen: con un público entregado y dispuesto a ver cómo el trapecista magnifica, con su caída, el Pollock de hemoglobina que ya habían delineado, sobre la pista, unos leones hambrientos.

La mujer del autobús hubiese hecho bien en llegar lo antes posible a casa, como fue mi caso, encender la televisión y descubrir que un joven español de origen paraguayo ha sido deportado al cumplir la mayoría de edad y no encontrarse contribuyendo con su esfuerzo a alimentar la maquinaria laboral. Tenemos una Ley de Migración tremendamente eficaz, podemos sentirnos orgullosos. No basta con residir de forma legal en el país. Hay que trabajar, ser alguien de provecho, esas cosas, ya saben. La mujer del autobús, creo, se hubiese sentido refrendada en sus pensamientos. Porque el muchacho habla español, pero seguro que se le notaba el acento de allá. Ah, olvidaba el dato: el joven paraguayo llevaba residiendo en España 14 de sus 19 años de vida.

Seguro que alguno de ustedes piensa que todo esto es injusto. No se preocupen, nos queda la prensa combativa que, cualquier día, reivindicará la valentía de los jóvenes magrebíes por ser muy magrebíes al seguir comunicándose en la lengua de sus ancestros, o la del joven paraguayo por reivindicar su nacionalidad de hambre y ayer y no ser apto para encontrar trabajo una vez cumplida la mayoría de edad. No estamos lejos, ya han reivindicado la valentía de esa modelo negra por ser muy negra y no haber permitido que su piel tome un tono más claro y azulado al chapotear en las aguas del Estrecho de Gibraltar, por ejemplo. Yo confío en la prensa y les invito a seguir mi ejemplo y perderse en esos versos sueltos con que van componiendo, sin prisa pero sin pausa, la épica de los tiempos actuales.

martes, 18 de octubre de 2016

¿qué es poesía?


Cada vez que amenaza tormenta pienso en Bob Dylan.



Los cielos engordan de gris y Dylan desinfla en mis oídos el pronóstico de esa lluvia que caerá para limpiar los retales de inmundicia con que hemos zurcido esta cárcel que habitamos y llamamos sociedad.



Después, cuando el aguacero ya equivoca los paraguas, burla los paseos transeúntes y desquicia las fachadas de los edificios, pienso en ti, claro, como siempre que llueve… de hecho pienso en ti antes que nada, y la lluvia venidera ya es metáfora, materia poética de tu ausencia, metáfora… como la canción de Dylan, en quien también pienso cada vez que llueve. Pero pienso antes en ti, insisto, lo de Dylan llega más tarde, cuando las calles cantan la tormenta con sus gorgoritos de óxido y charco equivocando el clamor de los semáforos. Pienso en ti. Te pienso, te recuerdo, y lamento que tus manos no se aferran ya a mi cintura, que no masticas ya más mis besos… que el mundo es feo… y sucio: necesita un chaparrón atroz que arrase los desperfectos. Esa lluvia va a llegar, como predijo Dylan, como cantó Dylan, como escribió Dylan en la vasta memoria colectiva y en la memoria mínima de tus abrazos que hoy, mientras llueve, andan sumergidos en latitudes distintas de las que limitan mi cuerpo… pero eso es otra historia.



Bob Dylan, cortesía de "la red"
Y es que diluvia y te recuerdo mientras llovía en Madrid, sobre las calles de Madrid, desde los cielos de Madrid, y no sé muy bien si llovía en la ciudad o era la ciudad quien llovía en nosotros para hacernos seres acuáticos surcando las profundidades del deseo… y tus piernas se hacían aguacero mientras mis labios sembraban nubes en tu garganta, para que pronunciase húmedos abecedarios de amor, salvia, saliva y quédate a mi lado no me dejes nunca te quiero huyamos del mundo… pero eso es otra historia, ya digo. O quizás no lo sea tanto. Porque hoy llueve en Madrid, y el fantasma de tu lengua arrastra cadenas como versos susurrados con la voz nasal de Dylan, y me entero por la prensa de que al bardo le han otorgado el Nobel de Literatura, y me alegro y me digo bien por Bob, bien por los académicos suecos, bien, porque Robert Zimmerman lleva más años que la vida diluviando sobre las avenidas de esta sociedad en ruinas su voz de cristal quebrado y sus versos de borrasca azul y breve, narrando historias que bien pudieran ser las nuestras, la mía, la tuya, amor, cuando te desnudabas con mis manos y te acariciabas con mi saliva cosida a los dedos…



Así que a Bob Dylan le han otorgado el Nobel de Literatura, y ha llovido en las redes sociales un mezquino aguacero de reproches y envidias, quejándose de a dónde vamos a llegar cualquier cosa ya es literatura dónde quedaron los grandes autores a quienes nadie lee salvo cuando les dan el Nobel… recuerdo aquella deliciosa película cubana, Fresa y chocolate, cuando su protagonista clama, dolorido, “¡ahora resulta que hasta las putas son críticos de arte!”… pues eso.



[se abre la veda: ya pueden comenzar a insultarme, en Facebook y aledaños, por misógino y derivados, todos aquellos que no han visto la película, ni lo desean -ni lo harán, por más que esté disponible en la red para los adalides del arte, siempre que este sea gratuito y su disfrute no haya de retribuirse al artista- pero se sientan, triunfantes, en la mullida ilusión de sus 15 minutos de fama, jaleadas por sus “seguidores” sus incendiarias opiniones, aplaudidos en sus revoluciones de teclado y café caliente -¿dónde ya los adoquines?-, y pueden incluso –no sería la primera vez- denunciar mi texto ante los jueces del ciberespacio… su cobarde contribución a hacer de este mundo un lugar más justo]



Decía que a Bob Dylan le han otorgado el Nobel de Literatura. Y le imagino urdiendo tormentas, escondido, silencioso. Como te imagino a ti, escondida, silenciosa, urdiendo chaparrones entre los pliegues de tus piernas. 


Llueve. Dylan ya tiene el Nobel de Literatura. Tú sigues lejos. El sol se ha escondido, como se eclipsó el día en que falleció Bécquer, a quien nadie duda en proclamar poeta sólo porque dejó escrito qué es, en realidad, eso que llamamos poesía. Llueve.



Llueve y tú no estás. Por eso intento abstraerme de tu recuerdo felicitando a los miembros de la Academia sueca. No merece el poeta más felicitaciones ni enhorabuenas. Las merecen ellos, que parecen haber comprendido, al fin, qué es poesía. Ahora sólo me queda recordarles que Leonard Cohen aún está vivo, y recomendarles leer a Bécquer. Así obtendrá el Nobel de Literatura, algún día, el desfallecimiento de tus piernas tras el amor, tras nuestro amor… aquellos tímidos versos que goteaba tu vientre para evidenciar que la poesía puede evadir la cárcel de los libros.



Quería hablar del flamante nuevo Nobel de Literatura pero, lo siento, una vez más, reincido en ti y sólo de ti acabo hablando. Y sigue lloviendo. Así que me tumbo en la cama, desnudo, y contemplo mi cuerpo. Te tomo prestados los labios y las manos, para acariciarlo mientras susurro

 

And it's a hard, it's a hard,
it's a hard, it's a hard,
It's a hard rain's a-gonna fall


jueves, 1 de septiembre de 2016

a por el mar

A por el mar. A por el mar que ya se adivina. 
A por el mar. 
A por el mar, promesa y semilla de libertad.
Luis Eduardo Aute

Como en la canción de Aute, llegan las hordas de turistas que reverdecen la economía española, a sus costas. Y, como en la canción de Aute, en ellos y sus pellejos escarnecidos por las mareas patrias, ven nuestros gobernantes la promesa de libertad (más bien liberalismo económico) que ansían. Verano: España encabezando las cifras del turismo internacional, y sus gobernantes haciendo bandera pirata de las del desempleo que tanto y tan bien combaten. Claro que el desempleo, como el oleaje que baña las costas hispanas, va y viene, y es redundante en su miseria de algas frías y cifras inhumanas. O sea, que sin haber finalizado la temporada veraniega, el número de desempleados se ha incrementado ya en más de 30.000. ¡Salud!

Vengo de esconder naufragios terrenales en las celestiales mareas del Mediterráneo. No es importante. Lo verdaderamente relevante es que vengo, también, de ver a mi hijo resbalar en su piel oleajes y arenas, relojes y cadenas.
Y un suicidio de algas, pintándole al niño los pies, las uñas, con esmalte de sangre verde. Verde y azul, enredados frente a la danza loca de las algas como se enredan los amantes frente a la seguridad del precipicio. Y al niño no le importa. No le molestan las algas. ¡Qué sucia está hoy la playa!, claman las madres del domingo, al introducir el pez feo de su caminar en el estertor de la marea. Para qué vienen al mar, me pregunto. El mar necesita algas que le peinen sus cabellos de espuma, y disimulen el teñido que le pintan a sus olas los aceites bronceadores y los protectores solares. Pero el niño no entiende de aceites ni algas, de suciedades ni peinados demodé. Al niño le peinan, las olas, ese vello que le oscurece las piernas y aún no le averguenza... todo llegará. El niño sólo se ríe y grita y, de tanto en tanto, inesperadamente, sorprende al fragor de las olas con un "mamá" en alarido. Aunque mamá no esté cerca el niño la nombra, imagino, porque en la humedad del mar ha recuperado el fluir de néctar en que le bañaba su madre, antes de nacer.

El niño nos recuerda que fuimos líquido, marea, agua, mar. Que no existía en nuestra naturaleza la solidez fea y fugaz de la carne. Y digo fea. Y digo bien. Porque como al niño el mar le reconcilia con su pasado, al adulto con su futuro, y descubre, paseando las playas levantinas, que los cuerpos gloriosos dejan de serlo mucho antes de lo deseado, justo cuando el niño deja de serlo, bien entrada la adolescencia. Y es que la carne se arruga, tostada de sol falso como cafetal invasor en las tierras de Cuba, por ejemplo. Y pensamos en Cuba y en mulatas que, lo sabemos, sólo habitan nuestros sueños delincuentes. Porque las que soñamos semejan la Lolita de Nabokov, pero en negro xerocopia. Luego, pasada la adolescencia, engordan, ofendiendo la lírica exacta de las mareas con su polifonía de carnes echadas a perder. Lolita debe quedar por siempre en pura literatura, que corren malos tiempos para la lírica.

El niño entra en el mar con idéntico jolgorio al mío cuando entraba en ti, hace siglos, soñando con suicidar al adulto, con nacer al niño. Nació, al fin, y hoy se aferra a mi mano para profanar la santidad redundante de un mar que le pertenece. Y me alegro de que así sea. Disfruto sabiendo que un día será, esta misma mano que sostiene la suya -minucia de piel de nube-, la que aborrecerá y despreciará por adulta, palurda, vieja, fofa y descolgada como las bañistas del Levante, por muy de fuera de la patria que vengan. Que la edad no entiende de nacionalidades. Hoy agarra mi mano, insisto, y entra en el mar, sumergiéndonos a ambos en el fluido que nunca debimos abandonar. Porque los sueños están hechos de agua salada, y maldito el día en que dejamos de soñar y desbaratamos la vida pensando que había de ser dulce. Nunca debimos pisar esta tierra que sólo sabemos pisar como si estuviese creada para sostenernos. Qué equivocados estamos, hijo, qué equivocados. Gracias por recordármelo. Y no me sueltes la mano. Que el mar, como la soledad, me aterra. Por absurdo, por redundante... como la soledad.

Y comprendo que igualmente aterra, al camarero del chiringuito, ese crepúsculo que los turistas celebran entre suspiros de cerveza y gafas de sol low cost. Porque cada nuevo crepúsculo, aparte hundir al sol entre algas y mareas, dibuja el contorno militar de los ejércitos del desempleo.

Turismo feo, este que engorda en euros y negocio turbio los bolsillos de unos pocos, mientras descose de esperanza truncada y futuro sin nombre los de unos muchos. Pienso que es porque son norteños, pálidos de piel, los turistas. Y sí, lo sé, las cubanas también engordan. Las frutas tropicales también se estropean, expuestas en exceso al calor. Pero no por eso dejan de ser tropicales. No dejan de ser negras, ajenas, exóticas, distintas. Y a mí, al contrario que al niño, el mar me parece una majadería redundante, aburrida y peligrosa. A mí ya sólo me queda buscar lo distinto, evadir la repetición. El niño repite de corrido la nana marina que su madre le cantaba al oído, cuando aún flotaba en sus mares de miel y saliva. Igualmente, repiten los próceres de la patria la nana enervante de las cifras del desempleo. Pero ellos, al contrario que el niño, desafinan.

Yo, hoy, hijo, aparte mi desempleo laboral, decido desemplearme del mundo sólo por verte reír cuando no puedes atrapar las olas. Y es que, aunque no todo en la vida vaya a ser el pájaro en mano no dejes nunca de ir a por el mar, hijo, amor... a por el mar.

martes, 19 de abril de 2016

make it rain!


Abril inició su andadura con una promesa de primavera desordenándole los labios. Los días vertían licor de luz y las calles de Madrid ya olían a espuma de cerveza, las terrazas de los bares dispuestas y preparadas a saciar la sed ciudadana. Pero resulta que abril se ha desarrollado al margen de mis (nuestras) apetencias, y un incómodo mohín de tormenta ruborizó su semblante.

De nuevo cerrar las ventanas. Apoyar la frente en ellas, para contemplar la lluvia, afuera. Igual la ventana de los días, aún cerrada a tu caricia, tu sonrisa y tu deseo, que surcan la memoria como las nubes, hoy, este cielo de plomiza ausencia. Pero la ventana, decía. Apoyo mi frente en su cristal, y el vaho me permite dibujar, con las manecillas del reloj que construyo entre mis manos, algo parecido al corazón de un niño.

Llegó la primavera con su aspaviento de color y brotes tiernos. Lienzo inútil, por lo repetitivo. Y ahora, abril, que no entiende de cromatismos, la emborrona de lluvia. Llueve, hoy, en Madrid. Y yo me asomo a la ventana, por ver si de repente llegas, de nuevo, por detrás, a sostener el arpegio de tabaco rubio de tus dedos en el pentagrama erróneo y negro de mi cintura. Llueve, hoy, en Madrid. Y, mientras mi piel se envenena de tu ausencia, la casa se infecta de Tom Waits y su poesía de taberna caduca.

Suena Tom Waits. Su voz de promesa quebrada inaugura el lodazal en que se suicidan mis recuerdos.

Tom Waits, en la foto de contraportada del álbum "Mule Variations"
Make it rain, aúlla el genio de Pomona, y pienso en dichos populares: ya ha llovido desde entonces, 19 de abril de 2008, Teatro degli Arcimboldi, cuando tú aún no existías, 8 años ya. Sí, en Milán, excesos del exceso de sueldo y tiempo libre que me permitieron excederme en aquel teatro italiano, vibrando con cada uno de los acordes en que enredaba su lírica ebria un cantante que decidió entonar como si nunca hubiese tenido voz, como si acabase de ver la luz tras abandonar una platónica caverna. Tom Waits decidía visitar Europa, en 2008, al albur de constelaciones y papel moneda, y yo soltaba el mío para asistir anonadado a su teatro de sombras. Decidí marchar a Milán, para ver a Tom Waits y, de paso, embriagarme de Navigli, aperitivi, albahaca y Campari, vino barato y hachís, todo preparado para el gran recital, un par de caladas más antes de entrar al teatro, unos cuantos tragos extra, no había sustancia que me fuese vedada cuando me disponía a embriagarme de la sustancia que, quebrada, brota de la voz caverna de Tom Waits para recordarnos que, a la salida, seguro, quedará alguna cantina abierta, cerca, en cualquier lugar, al albur de cualquier esquina enmarcada en orín de gato y vómito de mal de amores.

Recuerdo mucho de aquel concierto. Pero recuerdo, especialmente, aquel tema, Make it rain, y cómo, sobre el escenario, una lluvia de confetti dorado coreografió los espasmos neandertales del cantante estadounidense. Y su voz de fin del mundo, lamentando la pérdida del aquel mundo que fue hasta que ella decidió salir de su vida. Nada más. Otra canción de amor. Sólo eso.

Caminé, después, hacia el hostal, entre exclamaciones italianas (ya saben: mamma mias, aspavientos, ¿capiscis? y toda la parafernalia latina que tan torpemente, aún, seguimos intentando imitar los hispanos), apurando un nuevo porro, pretendiendo adivinar por qué el cantante reclamaba la lluvia, como quien reclama el tiro de gracia, para olvidar a la amada que ya no. Después, años después, llegaste tú, y comprendí que tal vez eso pretendía Waits en su canción: congregar tormentas y estaciones que humedezcan y hagan fluido el paso de los años. Que se sucedan las tormentas y las estaciones. Que el tiempo pase para desordenar el recuerdo de lo que fue y ya no.

Hoy, Madrid, lluvia, subo el volumen y grito: make it rain!

Llueve en Madrid, y este loco suicidio de gotas que entristece mi ventana contiene el sabor de un beso, aunque hoy sólo sea metáfora de los que suicidaste tú, valiente y eterna, contra el vidrio de mis labios. Porque en cada gota de lluvia anida la gota de deseo que humedecía tus labios cuando los postrabas ante mí. Y recuerdo, ¡ay!, cómo llovía tu vientre entre mis dedos, antes de hacerlo entre mis labios, cómo naufragaba en tu tormenta el salmón inconsciente de mi lengua, cada vez que te agotaba y me agotaba, a tus pies, desnudo de ropa y mortalidad, vestido únicamente con la seda niña de tu piel de latido y siempre.
Llueve en Madrid. Abril ha vuelto a equivocarse. O, al contrario, sólo ha cumplido a rajatabla las normas no escritas de los refranes, en abril aguas mil, y cuestiones del estilo. El caso es que Madrid se moja y mis dedos están secos por más que buscan la humedad de aquella lluvia que me regalabas para hacerme comprender por qué gritaba cada vez que escuchaba a Tom Waits cantando Make it rain.

Hoy dudo si aquellas lluvias provocaron besos o sólo metáforas. Las cerraduras me miran con sarcasmo. Por eso prefiero darles la espalda, y asomarme a la ventana recordando que las obstruías con candados de juguete, para acercarte hasta mí y besarme, segura de que nadie abriría la puerta de aquella habitación. Tampoco la de este futuro que es ya, y que no habitamos juntos. Yo no te lo dije nunca, pero ahora sé que te cantaba, descosidos mis labios por el punzón de los tuyos: make it rain!