miércoles, 1 de junio de 2016

cerrado por... ¿defunción?

este blog queda, temporalmente -o, al menos, eso espero-, clausurado por... shock emocional... digamos

Razón aquí

martes, 19 de abril de 2016

make it rain!


Abril inició su andadura con una promesa de primavera desordenándole los labios. Los días vertían licor de luz y las calles de Madrid ya olían a espuma de cerveza, las terrazas de los bares dispuestas y preparadas a saciar la sed ciudadana. Pero resulta que abril se ha desarrollado al margen de mis (nuestras) apetencias, y un incómodo mohín de tormenta ruborizó su semblante.

De nuevo cerrar las ventanas. Apoyar la frente en ellas, para contemplar la lluvia, afuera. Igual la ventana de los días, aún cerrada a tu caricia, tu sonrisa y tu deseo, que surcan la memoria como las nubes, hoy, este cielo de plomiza ausencia. Pero la ventana, decía. Apoyo mi frente en su cristal, y el vaho me permite dibujar, con las manecillas del reloj que construyo entre mis manos, algo parecido al corazón de un niño.

Llegó la primavera con su aspaviento de color y brotes tiernos. Lienzo inútil, por lo repetitivo. Y ahora, abril, que no entiende de cromatismos, la emborrona de lluvia. Llueve, hoy, en Madrid. Y yo me asomo a la ventana, por ver si de repente llegas, de nuevo, por detrás, a sostener el arpegio de tabaco rubio de tus dedos en el pentagrama erróneo y negro de mi cintura. Llueve, hoy, en Madrid. Y, mientras mi piel se envenena de tu ausencia, la casa se infecta de Tom Waits y su poesía de taberna caduca.

Suena Tom Waits. Su voz de promesa quebrada inaugura el lodazal en que se suicidan mis recuerdos.

Tom Waits, en la foto de contraportada del álbum "Mule Variations"
Make it rain, aúlla el genio de Pomona, y pienso en dichos populares: ya ha llovido desde entonces, 19 de abril de 2008, Teatro degli Arcimboldi, cuando tú aún no existías, 8 años ya. Sí, en Milán, excesos del exceso de sueldo y tiempo libre que me permitieron excederme en aquel teatro italiano, vibrando con cada uno de los acordes en que enredaba su lírica ebria un cantante que decidió entonar como si nunca hubiese tenido voz, como si acabase de ver la luz tras abandonar una platónica caverna. Tom Waits decidía visitar Europa, en 2008, al albur de constelaciones y papel moneda, y yo soltaba el mío para asistir anonadado a su teatro de sombras. Decidí marchar a Milán, para ver a Tom Waits y, de paso, embriagarme de Navigli, aperitivi, albahaca y Campari, vino barato y hachís, todo preparado para el gran recital, un par de caladas más antes de entrar al teatro, unos cuantos tragos extra, no había sustancia que me fuese vedada cuando me disponía a embriagarme de la sustancia que, quebrada, brota de la voz caverna de Tom Waits para recordarnos que, a la salida, seguro, quedará alguna cantina abierta, cerca, en cualquier lugar, al albur de cualquier esquina enmarcada en orín de gato y vómito de mal de amores.

Recuerdo mucho de aquel concierto. Pero recuerdo, especialmente, aquel tema, Make it rain, y cómo, sobre el escenario, una lluvia de confetti dorado coreografió los espasmos neandertales del cantante estadounidense. Y su voz de fin del mundo, lamentando la pérdida del aquel mundo que fue hasta que ella decidió salir de su vida. Nada más. Otra canción de amor. Sólo eso.

Caminé, después, hacia el hostal, entre exclamaciones italianas (ya saben: mamma mias, aspavientos, ¿capiscis? y toda la parafernalia latina que tan torpemente, aún, seguimos intentando imitar los hispanos), apurando un nuevo porro, pretendiendo adivinar por qué el cantante reclamaba la lluvia, como quien reclama el tiro de gracia, para olvidar a la amada que ya no. Después, años después, llegaste tú, y comprendí que tal vez eso pretendía Waits en su canción: congregar tormentas y estaciones que humedezcan y hagan fluido el paso de los años. Que se sucedan las tormentas y las estaciones. Que el tiempo pase para desordenar el recuerdo de lo que fue y ya no.

Hoy, Madrid, lluvia, subo el volumen y grito: make it rain!

Llueve en Madrid, y este loco suicidio de gotas que entristece mi ventana contiene el sabor de un beso, aunque hoy sólo sea metáfora de los que suicidaste tú, valiente y eterna, contra el vidrio de mis labios. Porque en cada gota de lluvia anida la gota de deseo que humedecía tus labios cuando los postrabas ante mí. Y recuerdo, ¡ay!, cómo llovía tu vientre entre mis dedos, antes de hacerlo entre mis labios, cómo naufragaba en tu tormenta el salmón inconsciente de mi lengua, cada vez que te agotaba y me agotaba, a tus pies, desnudo de ropa y mortalidad, vestido únicamente con la seda niña de tu piel de latido y siempre.
Llueve en Madrid. Abril ha vuelto a equivocarse. O, al contrario, sólo ha cumplido a rajatabla las normas no escritas de los refranes, en abril aguas mil, y cuestiones del estilo. El caso es que Madrid se moja y mis dedos están secos por más que buscan la humedad de aquella lluvia que me regalabas para hacerme comprender por qué gritaba cada vez que escuchaba a Tom Waits cantando Make it rain.

Hoy dudo si aquellas lluvias provocaron besos o sólo metáforas. Las cerraduras me miran con sarcasmo. Por eso prefiero darles la espalda, y asomarme a la ventana recordando que las obstruías con candados de juguete, para acercarte hasta mí y besarme, segura de que nadie abriría la puerta de aquella habitación. Tampoco la de este futuro que es ya, y que no habitamos juntos. Yo no te lo dije nunca, pero ahora sé que te cantaba, descosidos mis labios por el punzón de los tuyos: make it rain!

miércoles, 23 de marzo de 2016

los libros suicidas

La prensa informaba, hace unos días, del cierre de la biblioteca municipal de un pequeño pueblo catalán. El alcalde afirma que no más de 5 lectores ingresaron en la sala de lectura, durante el tiempo que permaneció abierta. Así que han decidido emplear el inmueble en labores más modernas, con más seguimiento (suponemos), y lo han reconvertido en espacio de coworking

Pues una biblioteca menos. Tampoco es tan grave, si somos realistas. Lo que indigna es saber que los miles de volúmenes que languidecían en sus estantes han sido depositados en el contenedor de reciclaje. El alcalde defiende esta medida por las recomendaciones que recibió de "varios expertos", que le hicieron ver el "escaso valor" de los volúmenes enviados a reciclar. O sea, que entre los expertos, el alcalde, y los vecinos que nada objetaron, en un pequeño municipio han decidido suicidar unos pocos miles de libros. Porque estoy seguro de que quien se suicida sólo espera encontrar en su definitiva ausencia una migaja del pan de vida que creyó negado hasta el fatídico momento. Igual los libros, en el contenedor de reciclaje, esperando encontrar, en los nuevos papeles que reconviertan su grafía de literaturas que a nadie interesan, una página en blanco en que otro imbécil literato pretenda insuflar vida a sus lamentos. Un suicidio, o sea. Inducido, pero suicidio.

Pienso ahora si es lícita mi primeriza indignación tras leer dicha noticia. O la del grupo de la oposición consistorial, que se ha alzado en defensa de la cultura y, de paso, de los pocos réditos que tal protesta pueda acarrearles, en las urnas, cuando arrecie el período de elecciones. Y me cuestiono la licitud de esta indignación al recordar que uno mismo se ha pasado la vida suicidando palabras, cigarros, botellas, nostalgias, caricias y, ¡ay!, también besos, muchos, demasiados.

La idea del coworking, o sea, la reconversión de la pequeña biblioteca catalana en espacio de colaboración entre emprendedores, no es tan mala. Que no están los tiempos para literaturas, y libro no leído es libro muerto, y libro no publicado es libro que no existe, y libro no distribuido es libro que nunca fue, y demasiadas páginas inservibles asfixian las estanterías de librerías y similares. Hemos creado un mundo en que emprender significa obtener rédito económico. Escribir no es emprender, creo que entienden el silogismo.

Y es que uno escribe a sabiendas de que a nadie interesa este burdo tropel de metáforas y verbos con que cumplimento la hoja en blanco de los días. Y uno comprende que escribir, hoy, sin mayor ánimo que el de poner grapas al descosido loco de las estaciones, es un acto suicida. Luego pienso que no estoy solo. Que hay muchos otros que secundan (con mayor tino y maestría) mi desatinado empeño. No está mal, saberlo. Pero no alivia, a qué engañarse, este mal de muchos que consuela mis horas más idiotas. Al fin y al cabo, ya digo, es más grave recordar todos los suicidios de vidrio y papel de fumar que he cometido, todas las pistolas con que he encañonado la diana voluble de un beso, un amor, para contemplar, después, desperdigados sobre el piso, sus vísceras de eternidad y su celofán de promesas.

Pero, por restar dramatismo al asunto, pienso que amores, alcoholes y drogas (creo que antes sólo mencioné el tabaco... pues miren por dónde, esto también), sólo toman vida para suicidarla entre los labios de quienes no sabemos utilizarlos. Por eso escribimos, y tal vez no me preocupe tanto que tiren libros a la basura, o los reciclen en papel moneda, sino el hecho de que consideren estos de "escaso valor". Porque eso me lleva, una vez más, a cuestionarme los motivos de mi enferma batalla contra el teclado. Porque no es con el teclado -la batalla-. Es contra éste. Y quizás también, al fin, uno mismo escriba contra el lector. Y comprenderlo duele, qué le vamos a hacer. 

Permítanme, pues, mis escasos lectores, que hoy abandone la escritura y me dedique a suicidar tabacos y licores... besos o caricias, qué le vamos a hacer, no encuentro esta noche.

jueves, 25 de febrero de 2016

lo real

Mobile World Congress Barcelona 2016 es, según la propia página web del evento, la mayor muestra de telefonía móvil, Internet móvil, y aplicaciones móviles... así de redundante. Y mucho movimiento es el que se registra en el interior del recinto que acoge tan magno evento. Al contrario que en el exterior, donde la movilidad se ve incomodada por una huelga de trabajadores del Metro de la ciudad. O sea, que las personas llegan a la asamblea de lo móvil como en cámara lenta, inmovilizadas como se hayan en distintos puntos de la ciudad por carecer de la fluidez habitual uno de los principales medios de transporte.

No me han quedado claras las reivindicaciones de los trabajadores del suburbano. No presto mucha atención últimamente a las noticias, me parecen en exceso envenenadas, sepan disculparme. Me han quedado más claros, eso sí, muchos de los trepidantes avances expuestos en tan frenético congreso. Tal vez, sólo sea que los noticiarios han prestado mayor atención a estos que a aquellas. O, muy probablemente, que ando yo estos días torturado por el látigo de tu ausencia. Y es que cuando la vida se detiene como corazón infartado, o el corazón se desentiende de la vida, poco o nada importan las reivindicaciones de las masas obreras, seamos sinceros (aunque obreros, también). Me faltas, ya digo, estos días, y el motivo se me antoja tanto o más difícil de comprender que las reivindicaciones de los subterráneos trabajadores barceloneses.

Y cuando la realidad duele, nada mejor que instalarse en lo virtual. Por eso memorizo con facilidad los mil y un parabienes que oferta el citado congreso móvil. Y es que a partir de ya -desembolso económico por medio- podremos confeccionarnos una realidad al antojo de nuestros deseos, gracias a los avances tecnológicos, cuando la realidad deseada se revele imposible por medios naturales. Realidad virtual, lo llaman, y es el futuro, aseguran. Además, tendremos cámaras de vigilancia que desplazaremos por los distintos rincones del hogar desde la pantalla de nuestro teléfono móvil, para que luego algún miembro del gobierno se ponga dramático, en televisión, advirtiendo a las adolescentes que si su novio les espía el móvil no le dejen, que eso es violencia machista. También podremos convertir nuestros teléfonos en cámara fotográfica, y sentirnos artistas o informar de la realidad mejor de lo que lo harían muchos de los reporteros gráficos que ponen fondonas las listas del desempleo. Y, si no nos va lo fotográfico, tranformaremos el móvil en un equipo de música, para que las autoridades puedan seguir cerrando salas de conciertos, que ya nos la guisamos y comemos cada uno desde el interior de nuestro teléfono. Y el último grito: móviles con geolocalización multisensorial interna, que permite ubicarse en el interior de cualquier establecimiento cerrado sin miedo a equivocarse. Entre sus beneficios, defienden los comercializadores de la cosa, el de que un paciente pueda orientarse en un hospital sabiendo hacia dónde dirigirse en caso de luxación para no acabar desmembrado en un quirófano que practica cirugías regeneradoras. Esto permitirá, también, ahorrar puestos de trabajo en el interior del propio hospital y, de paso, unos pocos millones de euros al asegurar que cualquier anciano, de esos que consume en demasía pastillas y presupuestos, quede varado a las afueras del hospital por no disponer de móvil, no saber utilizarlo o no encontrar personas encargadas de guiar sus frágiles huesos por entre la cirugía de formol y bisturí del centro hospitalario.

A mí, lo real, estos días, se me hace tan doloroso que desearía poder teletransportarme a Barcelona y hacerme con uno de esos ingenios de realidad virtual. Una realidad donde el dolor sólo sea un nuevo aluvión de refugiados a la deriva, y las lágrimas el corrector de dioptrías de una madre africana que ve (de nuevo) morir a su hijo. Aunque, al hilo de esto, seamos justos y no hagamos demagogia: en el citado congreso se ha anunciado también la decisión de los operadores de telefonía móvil de "reducir la brecha de género en el uso de la telefonía móvil, especialmente en los países en vías de desarrollo". De esta forma, aseguran, podrán permitir que muchas mujeres se integren socieconómicamente pudiendo realizar, con el móvil, todo tipo de transacciones comerciales. No explican cómo podrán disponer de dinero con que pagar a través del móvil, dichas mujeres. Pero lo que importa es que podrán comprar. Lo importante es comprar, ya saben... y a mí la demagogia es que me revienta las costuras, qué le vamos a hacer.

Fabuloso y prometedor todo este mundo virtual en que podremos movernos con despreocupación y soltura. El problema es que el Congreso finaliza, salimos de la realidad virtual, y entramos en lo real, donde nos espera una huelga de trabajadores de Metro que nos impedirá llegar a casa a la hora de la cena. La realidad, por tanto, es la huelga. Aunque desconozcamos los motivos de la misma.

Y a mí, afuera de esta realidad virtual que me proveo golpeando el teclado, me espera tu cuerpo en huelga. Huelga de brazos caídos de su propio abrazo. Huelga de labios cerrados a sus propios besos. Huelga de hambre que ningunea el líquido elemento que exuda mi piel y del que, hasta ayer, te alimentabas, golosa. Afuera, ya digo, me esperas tú. Y estás ausente, en huelga. Y tu huelga, hoy, es mi única realidad, aunque aún no comprenda los motivos de la misma. Debe ser que no los dieron en televisión. O que cuando lo hacían yo no prestaba atención, y andaba pensando en sentarme frente al teclado para seguir añadiendo ladrillos a esta realidad virtual que hoy se me desmorona para descubrirme el desolado solar de tu ausencia.

...como una escena del viaje de Chihiro...

lunes, 1 de febrero de 2016

lo raro

Revuelta en un colegio patrio. Los padres de un puñado de alumnos han llevado a cabo el escrache más doloroso en lo que llevamos de "democracia". Y tal vez no haya ocupado los titulares, este escrache, por no ser poderosa ni famosa su víctima. También, porque se trata de un escrache inverso, en que los que lo llevan a cabo se esconden, en vez de acudir en masa a las puertas del hogar del asediado. Sí, lo sé, eso se llama huelga, pero huelgo utilizar tal término por hallarse ya en desuso. Me explico: en el citado centro escolar recibía clases un niño con "necesidades educativas especiales". Sus compañeros de clase se han declarado en huelga, siguiendo directrices paternas, para lograr que el citado chaval sea expulsado del centro "educativo". Así como lo leen, no me invento nada.

Recuerdo las películas de David Lynch. Recuerdo desear -pero ni poder intentarlo- huir de la martilleante pesadilla de Eraserhead. Recuerdo la ruleta rusa de escalofríos que jugué con Blue Velvet, cada disparo una bala, ora una oreja seccionada en que hacían banquete de las hormigas, ora Dennis Hopper aullándonos la bienvenida al mundo de la jodienda. Recuerdo a Marilyn Manson como el personaje más vulgarmente corriente de la desquiciada Lost Highway, y Bowie lamentándose, en los créditos, de lo desquiciado que se encuentra. Recuerdo descubrirme aterrorizado y lujurioso, mientras contemplaba el coito de carne y pesadilla que perpetraban Naomi Watts y Laura Elena Harring, en Mulholland Drive. Recuerdo, cómo no, un enano que baila como nadie debería hacerlo, un gigante con el cráneo rapado, un pájaro que grita su nombre y una grabadora que registra nuestros miedos, en Twin Peaks. Recuerdo, al fin, los comentarios de amigos y amantes: estás fatal, ¿de verdad te gusta esto? ¡No es normal! Es una tomadura de pelo. Creo que, de haber sabido lo que significaba el término, hubiesen hecho escrache cada vez que yo les invitaba acompañarme al cine. Escrache inverso, claro. Y es que Lynch no era normal. Al menos cuando aún no estaba de moda. Lynch debía ser subnormal, necesitado de "educación especial", o algo por el estilo y, como tal, no debería ser admitido en clase. Pero resulta que permanece en clase, y de profesor, ¡fíjense!, gracias a las loas de más de uno de entre quienes, en sus inicios, denigraron su obra inclasificable y vehemente.

David Lynch, cortesía de "la red"
Antaño, los engendros que la mente de Lynch decidía aferrar al celuloide con garras de espanto y carcajada, eran poco menos que anomalías. Hoy, ahora, ya, en este momento histórico en que hemos dejado de denigrar a Freud y sus acólitos, en estos tiempos en que asumimos que nuestro interior tiene más de engranaje defectuoso que de alquimia mirífica, es que reconocemos el genio de Lynch por haber inmortalizado, en la pantalla, el aura de los fantasmas que, hasta ayer, sólo se proyectaban en la pantalla interior de nuestras pesadillas.

Si llevamos a nuestros hijos al colegio, aparte para lograr que no nos arrebaten la franja horaria que dedicamos a ganar la economía que nos permita sostenerlos, es para vivir tranquilos sabiendo que están siendo bien educados. Así que no permitiremos que la corrección política imponga a nuestros descendientes el acompañarse durante tantas horas de un niño subnormal, por ejemplo. Pero resulta que ese niño sólo es un diseño humano desbaratado por la pedrada envidiosa de un dios imperfecto. El niño habitaba el confort afelpado de un útero amante. Nadaba, se zambullía, chapoteaba en los cauces rosa y latido del vientre materno, subiéndose, de tanto en tanto, a ramajes de arteria benévola, por querer ver de cerca los pajaritos del futuro. Y en esto que la envidia de un dios descreído de su propia creación decidió lanzarle una pedrada para hacerle bajar del árbol, hiriéndole el entendimiento de por vida, dejándole en un limbo de pájaritos, luciérnagas y escarchas. Así nació aquel niño defectuoso. Y aunque él, seguro, hubiese preferido permanecer varado en la marea felpa y carmín con que le acariciaba su madre, llegó aquella otra madre más cruel: natura, a imponer sus ciencias y calendarios: el niño descubrió la luz del paritorio, entre llantos, como quien se asoma a un holograma de tinieblas.

Hoy el niño acude a clase junto a otros niños. Pero no puede jugar con ellos. Estos también le lanzan piedras. Sus propios padres las han puesto en sus manos, para alejar el fantasma del miedo a lo distinto, para asegurar a sus descendientes un futuro normal, lejos del posible contagio de lo raro, lo anormal. El niño subnormal, o sea. Por eso proporcionan piedras a sus hijos. Para que asusten a ese fantasma con forma de niño cuyos juegos no entienden. Poruqe ese niño no juega normal, o su juego tiene unas normas demasiado libres, que aún nadie les ha explicado (ni lo hará) en clase. Y es que lo anómalo asusta, por su cercanía. No vaya a ser que una improbable osmósis envenene al resto de la sociedad.

A ciertas edades, los niños deben estar ya programados para un futuro de cifras y normas. No pueden seguir jugando en su palacio interior de pajaritos y guirnaldas. Por eso hay que expulsar al niño defectuoso, para que no envenene al resto desbaratando su futuro de economías y ganarte el pan con el sudor de tu frente. El niño subnormal, como las criaturas de Lynch, asusta. Tal vez porque, como aquellas, porta en su interior el juego que perdimos cuando decidieron hacernos adultos. Así que mejor expulsarlo de clase, alejarlo de la manada. En el fondo, creo, hacen bien los padres del resto de chavales... que la manada, ya sabemos, hace jauría y asesina cuando huele la sangre fresca.

Antes de resbalar por el terraplén del pesimismo, me acomodo en el sofá, enciendo la tele, y me dispongo a visionar de nuevo Rabbits, esa teleserie de Lynch en que los protagonistas tienen cabeza de conejo. Sus orejas, de grandes, recuerdan las de burro que colocaban antaño, en clase, a los niños distintos, para hacer mofa de su natural torpe proporcionando ejemplo al resto de alumnos.

Y perdonen si he llamado subnormal al niño en cuestión. Sé que no es políticamente correcto. Mejor sería decir niño con "necesidades educativas especiales"... y expulsarle del colegio.

lunes, 11 de enero de 2016

¿hay vida en Marte?

Te sorprendió que yo comentase que David Bowie era el único hombre por el que me sentía atraído. No te sorprendió porque Bowie fuese el único, sino porque me atrajese uno, entiendo. En la noche, al albur de maullidos urbanos y basuras de todo lugar, entré en ti con la terquedad del ludópata que se resiste a abandonar su última partida. Tú te atreviste a decirme algo así como que lo mismo preferías a Bowie. Qué torpe, de verdad, qué torpe. No te lo dije, pero el orgasmo postrer casi que me lo dispuse yo solito. Y no, no pensaba en ti. Que en el amor se comparte o se combate, y a mí no me van las batallas. Eramos jóvenes e imbéciles, pero quizás mi único rasgo de inteligencia, entonces, era estar enamorado de Bowie. Han pasado los años. Muchos. Tal vez demasiados. Anoche eras otra, afortunadamente. Una otra que me conoce y respeta y, tal vez, ojalá, me ama. Una otra que dispuso el mantel de su vientre sólo para recojer sobre él las migajas de mis besos más desordenados. Dormí profundo. Momentos antes había estado escuchando Blackstar, la última genialidad de Bowie. Reconozco que cierta pesadumbre acompañaba cada compás, y tu amor supuso bálsamo de algo oscuro que se inquietaba en mis adentros.

El café de la mañana, por un instante, se ha disfrazado de arsénico al descubrirme leyendo que David Bowie había muerto. He acudido a la prensa y no he encontrado noticia. El móvil se ha colapsado con mensajes de condolencia de amigos y conocidos. En las redes sociales alguien aseguraba que era bulo. He decidido creer a quienes se equivocaban (algo muy mío, por otra parte). Cuando muere un ser querido la negación de los hechos es nuestra primera arma de defensa. Luego descubres la pólvora mojada, y un arma que no sirve para disparar, mucho menos para defenderte de la realidad. La noticia era cierta... Bowie ha muerto mientras yo pensaba en que, llegada la noche, volvería a naufragar en los resquicios, requiebros y desquicies de su última obra maestra, ese Blackstar que venía consumiendo sin control desde hace un par de días. Bowie ha muerto y yo, en casa, asimilado ya lo inevitable, he comenzado a acariciar todos los CD's en que habita su música, como jugando a una ruleta rusa en que cualquier canción que elija contendrá el proyectil letal. Así que he decidido no escuchar ninguna, no escuchar hoy su música, vivir hoy sin tu voz... 

Portada de "Blackstar", última obra musical de David Bowie
Pero tu voz me acompaña desde hace ya demasiados años, tu música ya hizo nido en mi pecho como pájaro primigenio, mis músculos ya ejercitan sus acordes para mantenerme en pie, obligándome a caminar los senderos intolerables de esta vida. 

Ahora sólo me apetece llorar. Porque ha muerto una parte imprescindible de mi vida. Se ha ido un amigo culpable, en gran medida, de que yo, hoy, sea lo que soy... por poco que eso signifique. Un amigo de los que a muchos lleva una vida encontrar, y muchos otros jamás tienen la suerte de conocer. Lloro por eso. Lloro por mí -tremendo egoísta-, no lo hago por él.

Pero por un momento me siento menos egoísta al comprender que mi llanto, también, es por todos los que están condenados a vivir en un mundo sin David Bowie, que ni escucharán su voz ni siquiera llegarán a conocer su nombre, que jamás tendrán su amistad y pasarán por la vida preguntándose si hay vida en Marte... o si el nuevo iPhone viene con detección de personas afines, que al fin es lo mismo.

Así que el hombre de las estrellas ha continuado travesía. A los terrícolas nos queda la responsabilidad de mantener su nombre vivo y permitir que otros sepan que hubo un día un alienígena que vino a salvarnos del tedio y la mediocridad con su voz, su música, su elegancia, y su manera de estar en el mundo: sublime, como pocos llegaron a hacerlo. A quienes aquí quedamos, después de haberte conocido, nos queda la obligación de enseñar a esos que vivirán en un mundo sin ti que tu sexualidad es sólo tuya, que la única moda existente es la que tú decidas marcar, no la que te dicten, que las convenciones sólo están hechas para los convencionales, que si tienes algo valioso deberías compartirlo, que la generosidad no es de débiles ni cobardes, que la creatividad es alimento para el alma, que héroes no son los que juegan al fútbol ni aniquilan ejércitos, sino los que deciden defender sus convicciones contra el imperio de los uniformes, que lo negro es bello y lo indefinido seductor, que la curiosidad no mató al gato sino que le afiló las uñas de arañar estereotipos, que estarse quieto no ha de suponer sentirse cómodo, que se puede ser feliz sabiéndose diferente, que el atrevimiento siempre es positivo, que la provocación ha de ser arte y no exabrupto, que ninguna norma se hizo por justicia sino por ansia de someter, y que es justo y necesario saber destrozarlas a dentelladas con los labios pintados de carmín, que lo extraño es bello si nos cambiamos las gafas de mirar de lejos, que en el animal habita la elegancia, que un hombre puede bailar con más armonía que todo un ballet de femeninas féminas, y que la música (como todo arte que de tal se precie) no es cuestión de estilos sino de estilo. 

No sé cómo lo haremos, a partir de ahora. Pero fuera de impúdicas condolencias públicas (como esta), sólo nos queda la labor de recordar, a quienes vivirán en un mundo sin ti, que al fin y al cabo, quienes te conocimos y amamos, no somos tan mala gente, y que algo de culpa tendría tu música y el grandilocuente y lindo envoltorio en que nos la decidiste regalar.

Cielo de lluvia sonrojada y cobarde esta noche. Y, como novedad, desde hoy, una estrella negra desordenando el orden celeste. Y es más bella que las otras... es distinta, ya empezaba a causar hastío la dictadura refulgente de los astros, al menos a mí, que nunca me han importado mucho, que nunca me he preguntado si hay vida en Marte, que he preferido cuestionarme acerca de las miserias de este planeta que has decidido abandonar, amigo.

Por mi parte, para empezar, intentaré mañana la heroicidad de volver a escuchar tu voz sin regalar una nueva lágrima al suelo. Y tal vez pueda ser héroe... aunque sólo sea por un día.

viernes, 1 de enero de 2016

la dictadura de las alimañas

He transitado 2015 con las alforjas cargadas de miedo. Aún ignoro quién decidió redefinir con ellas la curvatura de mi espalda. Sólo sé que su obscena obesidad ha tatuado en mi osamenta cicatrices de imposible sutura. He cargado, como animal, unas alforjas que nunca quise mías. Y es que vivo -vivimos- en el reino animal. Y a mí, este año ya difunto, por tanto, me ha servido para reafirmar mi condición de bestia, descubriendo que mis instintos básicos pertenecen a un universo de zarpas y mordiscos muy alejado de las buenas intenciones supuestas al género humano. Pero no he sido el único: el mundo se ha desangrado, y no pocos han hecho banquete de la hemoglobina desprestigiada de sus congéneres. Carroñeros de función necesaria para el mantenimiento del ecosistema, decían los libros de ciencia. Humano, demasiado humano, advertía Friedrich Nietzsche.

2015 quedará resumido, en los noticiarios, con un puñado de cifras, que es lo que hoy se lleva, o lo que nos permite evadir la racionalidad que se le supone al ser humano. Porque las cifras sólo son pesados cortinajes tras los que se esconden quienes llegaron silenciosos, de noche, a casa, con la intención de desvalijarla de calma. Y tras las cortinas numéricas de este año que termina se esconden, aunque aún se les vean los pies manchados de barro, pequeñas sonrisas de trapo descosidas con el punzón de un terremoto, manos de juguete jugando a la vida adulta del limpiar parabrisas reclamando moneda a cambio, pequeños pulmones de papel incinerados en la hoguera de la recolección de minerales inútiles, muñecos que batallan con fusiles dos tallas superiores a las de los andrajos que les ocultan el espanto, pequeños pantalones húmedos de orín en que se enredan las algas de mareas que erigen frontera entre la vida y la nada, pies de felpa ateridos al pisar el asfalto de ese nuevo hogar que les ha edificado una entidad bancaria.... pies de caramelo manchados de barro, ya digo, no hace falta correr el cortinaje de las cifras para descubrirlos ensuciando la alfombra con que pretendemos proporcionar calidez a nuestro hogar. Yo, además, a veces, tras las cortinas, he descubierto cucútrás la mecánica inexacta de los pies de mi hijo, que ha llegado a casa para desvalijarla de penurias.

manipulación fotográfico de un lienzo original de Scarlet Coca
Reconozco que a mí, este año, la infancia, el niño, me han despertado el instinto animal. Y he descubierto que no hay más bandera que ondear que la de un pañal mojado, ni más nación que defender que la de una sonrisa que no conoce el miedo porque aún te cree invencible. Sólo que a veces, de noche, el niño llora. Imagino que escucha el llanto de esos otros niños que conforman el banquete universal en que los carroñeros han decidido convertir nuestras vidas. O eso, o es que descubre los pies manchados de barro de ese otro niño que ha dejado de ser vida para transformarse en número a la hora del telediario. Tal vez eso me haya hecho comprender que, como animal que soy, ninguna función mejor podría tener que la de defender la sonrisa de un niño que juega a ser globo, píopío o guauguau, frente a la carcajada arisca de quienes le rodean jugando a ser hiena.

Nada más animal que defenderte del mundo para mantener a salvo a tu prole. Tal vez, también, alimentarse de la prole ajena para asegurar el futuro. Pero ignoro -y confío en seguir haciéndolo- en qué momento, de qué modo, se pasa de un estadio a otro: de la animalidad crujiente de proteger la infancia como única opción posible, a la fiera animalidad de devorarla para seguir subsistiendo... o para mejor vivir, con más lujo y ornamento.

Recuerdo aquellos libros de ciencia que confirmaban la necesidad de que existiesen las alimañas, los carroñeros, para mantener organizado el rompecabezas del ecosistema natural. 2015 ha sido un año de aprendizaje urgente, eficaz, y los animales carroñeros se han multiplicado infectando el planeta, creando poco a poco su propio ecosistema y rodeándolo de alambre de espino que impida la entrada a todo aquel que no desee ser sacrificado. Animales necesarios para el correcto funcionamiento del ecosistema, ya digo. Pero corremos el riesgo, en 2016, si continúa así creciendo el número de alimañas, de quebrar definitivamente la armonía de este frágil ecosistema que nos hemos inventado.

Ha sido un año de silenciar el chasquido de los relojes, desfibrilar el corazón de un oso de peluche, inventarle un silbido a los gatos, morder labios amados hasta gastarles los besos, y dilapidar abrazos en la economía sumergida de la distancia. Un año, al fin, de esconderse en las esquinas de las páginas que he escrito para nadie, soñando con que algún día mi hijo, el hijo de otro, cualquier niño libre de la dictadura de las alimañas, llegue a leerlas para certificar que hay otra animalidad posible y es la única que me interesa.

Mientras tanto... feliz año, a todos.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

el tiempo vuela

Te has acercado a mí mientras leía las noticias en la pantalla del ordenador. Me has derramado en el cuello el tintero en que tus labios mojan sus mejores versos. Saliva azul tatuando meandros en mi pecho. Al instante, sin previo aviso, has marchado a hacer no sé qué cosa. Contrariado, he regresado a las noticias. Mal escritas, alevosas, cicateras, dañinas. He decidido liarme un cigarro. El paquete de papel de fumar avisa, en su lomo: flying paper, papel volando -según me explica el traductor de Google-. Pues vaya, si lo sé no acudo a Google, que a esa conclusión me permite llegar mi desnivelado nivel de inglés. Liado el cigarro le he aplicado el soplo azul de una llama. De fósforo, que queda muy Bogart abandonado por la mujer que ama. Y es que así me siento, pero con menos estilo que Bogart. Al aplicar una profunda calada al cigarro se ha desprendido un escueto pedazo de papel, a media combustión, que ha ejecutado promiscua danza, a lo Nijinsky, en la atmósfera célibe del cuarto en que trabajo, tornando a cada momento más oscuro y leve, con sus piruetas de acróbata microscópico.

Al entrar tú, de nuevo, en la habitación, el flying paper ha decidido suicidarse, desde las alturas de una gravedad equívoca, contra el piso vertical de tu axila derecha. Allí, ha regalado opacidad a una gota de sudor que te buscaba las cosquillas. Mi lengua la ha exiliado de tu cuerpo, y mi paladar se ha envenenado de ceniza y deseo. Pero ha vencido la ceniza. Tú, de nuevo, has abandonado la estancia, marchando a hacer no sé qué otra cosa.

Entre masturbarme o seguir fumando, en esta ocasión, he elegido lo segundo, y seguir leyendo las noticias. Una, la más pequeña, la menos grandilocuente, ha reclamado mi atención: han descubierto que un español desaparecido hace 17 años vivía como ermitaño en una tienda de campaña situada en los alrededores de un pueblecito de la Toscana. Como aún te siento cerca pienso que es normal que el desaparecido se hubiese exiliado en la Toscana, que tiene nombre hembra y espigas de vello púbico surcándole los campos. Aunque la realidad, imagino, ha de ser más prosaica. Tal vez el citado español que quiso desaparecerse, fuese una suerte de Nostradamus ibérico. Seguro que, hace 17 años, ya pudo augurar a esta sociedad, leyendo las noticias, un futuro más negro que la ceniza del cigarro que consumo. Creo que por aquel entonces los teléfonos móviles no incorporaban GPS, y si lo hacían eran los demasiado caros, los que hoy, igual de caros -o más- han democratizado la idiocia del gasto banal y superfluo. Pero puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que nuestro Nostradamus patrio no disponía de ese tipo de aparatos. Así pudo marchar, libre y anónimo, para olvidar un mundo que ya no le necesitaba.

Huyó, desapareció, voló como lo hacen las noticias en pugna con la fugacidad de los días, como el flying paper con que me lío estos cigarros que saben a madrugada y fracaso. Pero los periódicos, hoy, carentes de profesionales comprometidos y sobrantes de intereses económicos, han de rellenar los huecos que dejan las bajas de las guerras del hambre, como bocas cariadas de niños que a nadie interesan salvo a sus padres muertos bajo los bombardeos de los daños colaterales, como casas que perdieron su familia en la guerra de las hipotecas dejándose extramuros la palabra hogar, como nóminas que perdieron sus cifras de pan de ayer para mejor amasar las hogazas de diseño integral de los potentados, como políticos que perdieron la razón desde el primer instante en que juraron poseerla como poseían el deseo inalienable de servir al pueblo, los periódicos, digo, a falta de informar, no vaya a ser que sus escasos lectores alcancen a comprender en qué mundo viven, han de rellenar los huecos con noticias que a nadie importan salvo, quizás, a mí, que le deseo al Nostradamus español la mejor de las suertes: que no le sigan buscando (parece que huyó, de nuevo, una vez descubierto), que le dejen recorrer la Toscana en libertad, como yo recorrería esta noche tu cuerpo si me dejasen. Si me dejases, pero es que siempre tienes cosas que hacer, y descubro que no has besado mi cuello, y que la axila que he lamido hace apenas unos instantes, era la que fulguraba en la pantalla del ordenador, anunciando un nuevo desodorante e impidiéndome la lectura de las noticias. Me refiero, ya saben, a esos pop-ups que amenazan con devorar el presente, esos anuncios que ocupan toda la pantalla y son hoy, ahora, ya, única noticia del pensamiento único: compra, si no quieres quedarte atrás o, en el mejor de los casos, flotando cual flying paper de cigarro a medio consumir.

Pienso en ese español clarividente, autoexiliado en los campos de la Toscana, y me da gana de abandonar las noticias y exiliarme en tu recuerdo, recorriendo mi piel con estos dedos que ya apenas sirven para merodear palabras, o para sostener cigarros a los que se les vuela el papel. Y es que hay noches en que hasta los objetos inanimados le rehúyen a uno.

jueves, 22 de octubre de 2015

el origen de las especies

De Darwin, lo reconozco, no retengo mucho más que sus singladuras por tierras ignotas. Ignotas en aquellos tiempos, que hoy son pedazos de retales cosidos por la aguja certera del exotismo mal entendido y el viaje peor organizado, a mayor gloria de la vacuidad de los viajantes... que no viajeros. Quiero decir que Darwin cultivó aquella barba de ogro bueno a base de kilómetros y ausencia de Gillette, dilapidadas sus jornadas en la observación de aves, reptiles y homínidos. Luego vino su literatura sobre el origen de las especies que, aún, hoy, demasiados siguen negando en aras del buen gobierno y la indestructible fe monoteísta... curioso: monoteísta, de mono: uno, como mono: antepasado de lo que hoy somos y que niegan dichos poseedores de una fe única. Y es que tener una férrea y única fe es como no probar nunca del segundo plato, por más apetitoso que aparente.

Pero estudió, el barbado naturalista británico, no sólo el origen de las especies amparado en la selección natural que hoy denominamos ley de la selva o mercados financieros, sino también determinados mecanismos con que los animales proceden a amedrentar a sus iguales. Entre ellos: el grito. Sí: el grito, como en el celebérrimo cuadro de Munch que nadie aún parece comprender.

El grito (Edvard Munch, 1893)
En su momento nadie escuchó la voz de Darwin (hablaba en voz queda, dicen, o le resbalaba por la barba sopa de letras que a nadie apetecía descifrar). Andaban todos vociferándole epitafios para el nuevo viaje que, deseaban, emprendiese por los infiernos del Dante, por ejemplo. Pero parece ser que los científicos del ahora han demostrado que tenía razón, el naturalista del ayer, al defender que ciertos ejemplares de macho antropoide, perdidas sus esperanzas de comandar la manada al hilo de sus razonamientos intelectuales, se dedicaban a berrear, gritar, aullar, para mejor recuperar el trono de macho alfa del que comenzaban a hacerle bajar otros monos menos escandalosos, más inteligentes. La noticia científica a que aludo, por resumir, afirma que los monos que más gritan son los que menos esperma (y de más baja calidad) atesoran en sus testículos. Así que palían su notoria carencia de atributos realmente apreciables (los que aseguran el futuro de la especie) con estentóreos chillidos que tienen como objetivo asustar y revestirles un aura macho y gubernamental de la que carecen.

Pienso en Darwin, en sus barbas de sosegada ribera y su mirar de mono añoso y sabio más por el viejo que era que por el diablo que aseguraban suponía, y enseguida me vienen a la memoria las imágenes de los noticiarios, y esa recua de políticos, gobernantes y criminales (discúlpenme la redundancia) que se golpean, hoy, el pecho, haciendo alarde de las torpes coreografías de cifras mentirosas que sobornan las estadísticas del desempleo, por ejemplo. La manada les aplaude. Ellos aúllan números. La manada se enardece. Torna más manada que nunca. Ellos levantan la voz, gritan. Ninguna inteligencia en su discurso, ¿para qué?, no es necesario, lo importante es aullar cifras, descerrajar disparos de guarismo contra la nuca neandertal de aquellos a quienes las únicas cifras que preocupan son las que ensucian su nómina para advertirles que no podrán llegar ni a mediados de mes con semejantes ingresos... y luego, claro, también, cómo no, a aquellos que nada ingresan más allá del hambre y el vértigo de una vida que se desangra al albur de los relojes o de los senderos de mastín hambriento de las fronteras primermundistas.

Concluye el citado estudio científico que dichos monos aulladores de inepto escroto son los que reúnen a su alrededor harenes de hembras que, emocionadas por su potencia vocal, imaginan idéntica potencia en todos sus órganos. Claro que, los monos, las monas en este caso, no saben que la voz es instrumento de cuerda, mientras que el sexo, puedo asegurarlo, es órgano de fuego que crepita con suavidad de fogata para despertar incendios de aquelarre. Así que gritan los monos las cifras del desempleo en caída libre, y hacen manada o harén de monas que aún no pasaron ese estadio de la evolución que les convertiría en mujeres y, por tanto, seres inteligentes. Así se quedan todos/as: en simios, por más que luego denosten el origen de las especies en la misa de los domingos y la ceremonia de las urnas.

Corren tiempos de vocinglera política y sálvese quien pueda. Corren tiempos de vivir al paredón, que diría Aute. Así que lo mejor, tal vez, sea abandonar la manada, volver al hablar pausado del uno a uno, la caricia inexacta del ya casi te conozco, el orgasmo sostenido en la cuerda floja del agotamiento. Y dar rienda suelta en tu vientre al córcel prudente de una polución profusa para escuchar cómo en tu latido, mujer, toma forma un futuro que, espero, vendrá a reírse de políticos y mercaderes con una carcajada de silencio y un orgasmo de miradas que no necesitan gritar para decirse las verdades.

Andan aún los estudiosos del arte enredados en la telaraña que labrase con su pincel Edvard Munch, intentando averiguar el sentido últmo de su más famoso lienzo: El grito. Yo, hoy, ya lo he dicho, pienso en Darwin, e imagino que tal vez el pintor noruego sólo quiso reclamar para sí la herencia intelectual de un hombre que se sabía tan cerca del mono que eligió, de entre su tremebiunda manada, al que no grita, al que escribe sus pareceres con calma intentando recordarnos que deberíamos haber evolucionado desterrando definitivamente el grito, el alarido, la ofensa, la mentira vociferada que sólo esconde carencias sexuales. Porque una carencia sexual, lo lamento, nunca podrá albergar el origen de las especies. Por eso el hombre de Munch grita en silencio. Como Darwin. Como tantos y tantos que, hoy, son anulados por el vociferante aullido del macho alfa que tiene vacía la bolsa escrotal por tener bien repleta la bolsa mercantil de la cuenta corriente. Sí, además, están rodeados de hembras... pero no de mujeres, conste.

domingo, 27 de septiembre de 2015

el día de la independencia

Tiemblan los tambores del antaño y la manifestación masiva. Tiemblan políticos y mercachifles. Tiemblan los muñones de quienes aplauden con las manos que su cerebro les quiere inventar. Tiembla el terruño y los brotes de niños aún por nacer, ante el milagro posible de un futuro libre e independiente. Libre e independiente... ¿de qué? Y, quede claro, proclamo: bravo por la autodeterminación de los pueblos, bravo por autodeterminación cualquiera. He de expresarlo con claridad, no vaya a ser que no se comprendan las palabras que hoy quiero esculpir en este libro idiota de la cibernética fugaz.

Hoy, ya digo, en esta tierra que sufrimos mientras nos soporta, más de uno clama por la independencia, mientras otros tantos reclaman a gritos lo opuesto. No sé, no puedo saber, no tengo capacidad ni criterio para emitir una opinión sosegada, al menos más sosegada que la de los contertulios profesionales que rugen las ondas televisivas a mayor gloria de sus bolsillos avariciosos. Yo, lo siento, sólo sé que hoy, el mismo día que muchos ciudadanos reclaman para sí la independencia de un estado, un sistema, una cosa que no alcanzan mis deterioradas neuronas a comprender, hoy, justamente hoy, recibo noticia urgente de que mi sexo reclama, también, independizarse de mi cuerpo. 

He amanecido húmedo de glorias freudianas de esas que desmenuzan los sueños sobre la tabla de cortar del deseo más imperioso. He despertado mojado, hoy, con una flor de esperma marchita sobre la cosecha tierna de las sábanas. He contemplado mi sexo, más bien este me ha contemplado a mí, con su horrible mirada polifémica aullando frases que no logro comprender. He ido hacia la cocina, como cada mañana, con el incendio frustrado de un cigarro asfixiándome los pulmones, a prepararme ese café negro como deseo insatisfecho. Es entonces que he comprendido la humedad con que mi sexo ha desprestigiado la nívea pradera del lecho. He asimilado que, alejado de ti, amor, mi sexo es órgano insatisfecho, pueblo frustrado en que los miles de habitantes que lo componen reclaman mejor gobierno. Ondean la bandera de la humedad como enseña de su identidad dolida, hoy, mientras yo ninguneo su deseo de autodeterminación oreando las sábanas al sol de una mañana de otoño desorientado.Quiero decir que mi sexo reclama la independencia. Proclama su identidad propia, su carácter distinto, y una lengua particular que desarregla los acentos con el tartamudeo de tu paladar hambriento, hasta tal punto que habla idiomas que yo no conozco, por más que lo pretenda. Porque mi sexo presume de una dicción de diptongos ensalivados y esdrújulas ardientes, cuando entra en casa, en ti, y se siente nación independiente de mis pensamientos e impulsos. Si sólo en ti reconoce su identidad, ¿para qué negarle la independencia?

Y es que mi sexo siembra caudales de riqueza en tu vientre, y no precisa de mis torpes economías domésticas para hacerse una vida cómoda. Es que mi sexo sólo en ti se acomoda, y no precisa de salones quietos ni de esplendorosas economías. Mi sexo, al fin, es puro despilfarro, y le basta con la economía sumergida de las mareas en que se bañan tus orgasmos, amor, qué le vamos a hacer, no puedo exigirle obligaciones presupuestarias, a mi sexo. Así que he decidido otorgarla libre albedrío. Que se independice, si lo considera necesario, que edifique nueva patria en tu vientre o en tu paladar. O en ambos, por qué no, que tal vez sean nación idéntica. 

Ha pasado el día y he visto a mi sexo debatir la conveniencia o no de independizarse del resto de mi cuerpo (de mi mente ya es independiente). Momentos de flamígero falo ondeando la bandera de un nacionalismo sucio. Otros de duermevela gruesa mascullando húmedas incongruencias como regatos de esperma desperdiciado. La duda, la controversia, el juego tramposo de la democracia que he decidido regalarle para que tome una determinación irrevocable: mi cuerpo o el tuyo.

Al final, he comprobado que mi sexo es más empírico de lo que pensaba. Y es que tú no estás, y él quiere regresar a tu vientre para sentirse patria lejos de mí. Pero no estás, ya digo, y decide jugar a imaginarte pero no es lo mismo, ya lo he explicado: de la erección asesina que te imagina acariciándole, a mi carica paternal que lo derrama de mala manera, sobre las sábanas o en algún repliegue del pantalón que me oprime. Comprendo su impulso independentista.

Una patria, se supone, es una posibilidad de futuro, y hay que dedicarle mimo, sembrar sus cimientos para cosechar nuestra calma. Hoy, mi sexo, sólo siente que ha sembrado algas en tu vientre. Algas en que se enredan y asfixian niños a quienes la marea decidió segar la vida, niños que pierden latido al albur de mareas menos benévolas que las que te animan la víscera y la mirada, amor, niños que mueren balbuceando un pentagrama de espanto sobre la arena de playas que ya hemos olvidado. Porque murió un niño, no hace mucho, en una playa de Turquía, un muñeco de trapo que quiso ser futuro libre e independiente y sólo quedó en eso: un trapo mojado... como cualquier bandera... o como las sábanas de la cama en que te añora mi sexo, al despertar, ¿acaso no lo recuerdas? Claro, perdona, no te culpo, estarás mirando televisión y hoy, cierto, sólo se habla de independencia.